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Cartas desde Buenos Aires: El movimiento homosexual argentino desde una perspectiva transnacional

Author:

Javier Fernández Galeano

Brown University, US
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Abstract

Tensions among different subjectivities along the axes of socioeconomic class, gender performance, and urban homosociability informed Argentinean homosexuals’ cultural expressions and militant strategies between the 1950s and 1980s. The homophile politics of respectability and the liberationist activism against the bourgeois moral order were rooted in the conflictive relationship between “entendidos,” or middle- to upper-class homosexuals who valued decorum and a self-disciplined masculinity, and working-class “maricas,” who performed a sexualized and hedonist femininity. Relationships with the transnational sexual dissidence movement emanated from and highlighted the political potential of these subjectivities. At the same time, the repressive context of the mid-1970s strengthened the role of international solidarity networks, which contributed to the continuity of the Argentinean Homosexual Liberation Front’s struggles after its dissolution in 1976.

 

Resumen

La tensión entre diferentes subjetividades articuladas por la clase social, las performances de género y la homosociabilidad urbana dieron forma a las expresiones culturales y estrategias militantes de los homosexuales argentinos entre las décadas de 1950 y 1980. El modelo homófilo (de “amor al igual,” denominación predominante entre los movimientos homosexuales de los cincuenta y sesenta) de políticas de la respetabilidad y el activismo liberacionista de ruptura con el orden moral burgués estaban enraizados en la conflictiva relación entre los “entendidos”, o u homosexuales de clase media o alta que valoraban el decoro y la masculinidad autodisciplinada, y las “maricas” de clase trabajadora que proyectaban una feminidad sexualizada y hedonista. Las relaciones con el movimiento sexo-disidente transnacional emanaron de y resaltaron el potencial político de estas subjetividades. Al mismo tiempo, el contexto represivo de mediados de los años setenta llevó a un fortalecimiento de las redes de solidaridad internacional, que contribuyeron a la continuidad de las luchas del Frente de Liberación Homosexual de la Argentina tras su disolución en 1976.

How to Cite: Fernández Galeano, J. (2019). Cartas desde Buenos Aires: El movimiento homosexual argentino desde una perspectiva transnacional. Latin American Research Review, 54(3), 608–622. DOI: http://doi.org/10.25222/larr.109
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  Published on 17 Sep 2019
 Accepted on 29 May 2018            Submitted on 25 May 2017

Este trabajo argumenta que entre las décadas de 1950 y 1980 los disidentes sexuales argentinos recurrieron a los artefactos simbólicos, recursos y estrategias del movimiento sexo-disidente transnacional en función de dinámicas locales de tensión entre diferentes modelos de sociabilidad articulados por el género, la clase social y la ideología. Desde mediados de siglo, el paisaje urbano de Buenos Aires incluía desde los “putos” o “maricas” que se enfrentaban al estigma haciendo gala de una sexualidad hedonista y provocadora, hasta los entendidos de clase media o alta que leían a Marcel Proust y Roger Peyrefitte y conversaban sobre el ideal homófilo de la pura amistad masculina. No se trataba de figuras que habitasen mundos completamente independientes, sino de subjetividades performativas que coexistían en una misma cartografía urbana de encuentros sexuales y sociales entre hombres. Por este mismo motivo, las continuidades y rupturas entre las políticas homófilas de la respetabilidad y el paradigma de los movimientos de liberación sexual no puede entenderse al margen de las tensiones propias de una intrincada red social que, en base a placeres compartidos, atravesaba diferencias de clase, ideología y subjetividad.

Algunos de los primeros trabajos sobre el surgimiento de las políticas (homo)sexuales en Argentina subrayaban el papel de dinámicas difusionistas mediante las cuales la identidad y el movimiento “gay” surgieron en Estados Unidos y Europa a finales de los años sesenta, sobre todo a partir de las revueltas de Stonewall en 1969, y desde allí se expandieron al resto del mundo (Brown 2002, 133). El enfoque en el activismo sexo-disidente como un fenómeno transnacional no implica que hubiese una intervención directa y estratégica de los movimientos homosexuales estadounidenses y europeos en la transferencia de sus estrategias y categorías a zonas “periféricas”. De hecho, estudios recientes, tales como el del politólogo Omar G. Encarnación, han contribuido a “descentrar” la historia del activismo “gay” al subrayar el papel de los actores locales latinoamericanos en la incorporación de estrategias políticas y marcos de significado que se alineaban con sus propias agendas. Encarnación (2016, 7) argumenta que el contexto doméstico latinoamericano cumplió una función mediadora posibilitando que la región fuese “internamente receptiva” a las corrientes internacionales de derechos “gays”.

Por otro lado, recientemente varios historiadores han explicado la formación del Frente de Liberación Homosexual (FLH, 1971–1976) poniendo el foco en las circunstancias sociopolíticas de Argentina en los sesenta y setenta. Según Pablo Ben y Santiago Joaquín Insausti (2017), la radicalización política de sectores opositores durante la dictadura de Juan Carlos Onganía (1966–1970), y las experiencias militantes de los activistas homosexuales de clase obrera e ideología de izquierdas llevaron a la fundación del grupo homosexual Nuestro Mundo en 1967, con anterioridad a los disturbios de Stonewall. Patricio Simonetto (2017) argumenta en su trabajo sobre el FLH que la organización surgió en las coordenadas de diferentes movimientos de revuelta a nivel nacional e internacional, fundamentalmente el Cordobazo, una insurrección estudiantil y obrera en la ciudad de Córdoba contra la dictadura de Onganía, y los disturbios de Stonewall, ambos acontecimientos ocurridos en 1969. Simonetto también destaca que el FLH estableció alianzas internacionales en base a su propia línea ideológica, ligándose “a grupos que resistieran los distintos tipos de opresión y la reconociesen como un derivado sintético del capitalismo” (45).

En este artículo propongo dejar en suspenso las categorías de “núcleo” y “periferia” y el marco geográfico, temporal y causal implícito en los estudios sobre la introducción a partir de los años setenta en varios contextos nacionales del modelo identitario “gay” originado en los Estados Unidos. De esta forma, probaré la hipótesis de que los primeros modelos de activismo sexo-disidente en Argentina surgieron a partir de dinámicas locales de tensión entre diferentes modelos de subjetivación sexo-disidente. Esto no implica negar que estas dinámicas estuviesen estrechamente relacionadas con el activismo sexo-disidente transnacional y los trabajos teóricos y literarios provenientes de otros países, o que existan diferenciales de poder en cuanto al acceso a recursos económicos y culturales por parte de activistas de diferentes nacionalidades.

Teniendo en cuenta esos factores, planteo que en Buenos Aires desde los años cincuenta, si no anteriormente, los modelos contrapuestos de sociabilidad y subjetivación sexo-disidente se articularon en base a los ejes de clase social y expresión de género. Estos modelos eran, fundamentalmente, el del “entendido” u “homosexual”, individuo de clase media o alta que a través de las políticas culturales del decoro, inspiradas en parte en la literatura homófila francesa, buscaba explorar la posibilidad de una homosexualidad respetable (Peralta 2012), y el del “puto”, “loca” o “marica”, asociado con las clases trabajadoras y una performance sexualizada de la feminidad como forma de atraer a hombres masculinos, llamados “machos” o “chongos” (Insausti 2016). Al analizar la interacción entre la formulación de prácticas y discursos sociopolíticos a nivel local y la circulación de significados y recursos a nivel transnacional, este articulo continua la línea marcada por los trabajos acerca del estado de la cuestión del estudio de la sexualidad en Latinoamérica (Bliss 2009, 188–199; De la Dehesa 2007, 29–31; López-Vicuña 2004, 252).

En el caso de Brasil, James N. Green (1999, 178–182) ha estudiado como desde los años cuarenta el modelo de subjetivación de los entendidos cobró fuerza en las grandes ciudades, basado en el uso de códigos de pertenencia que permitían que los entendidos se reconociesen entre ellos. Hay indicios de que en los años sesenta los entendidos brasileños de clase media empezaron a desarrollar una visión crítica acerca del modelo binario bicha/bofe, que de forma similar al de loca/chongo en Argentina implicaba que las relaciones homosexuales requerían de una complementariedad entre los polos masculino y femenino, entre el hombre “normal” (bofe o chongo) que siente placer penetrando a otros y los afeminados que desean ser penetrados (bicha o loca). Por el contrario, entre los entendidos se hizo más común reclamar que la masculinidad era compatible con la homosexualidad, y que ésta no debía equiparse al rol sexual “pasivo” (Green 1999, 190–192, 268–270).

De forma similar, a partir de los sesenta se produce en Argentina una politización de los modelos contrapuestos del entendido y la loca, apreciable en fuentes documentales que van desde la correspondencia privada a los informes policiales, pasando por diversas obras literarias. Esta tensión se intensificará con la formación del FLH en 1971. Por un lado, varios intelectuales homosexuales de clase media familiarizados con la corriente homófila preferían promover cambios sociales graduales, combatiendo discretamente el estigma contra la homosexualidad representado en la figura de la loca o marica. En cambio, desde principios de los setenta un grupo de estudiantes universitarios y activistas de izquierdas adoptaron estrategias militantes de visibilización de sus demandas, reclamando el potencial subversivo de la marica a la vez que intentaban un acercamiento a otros movimientos revolucionarios. A medida que el estado recurría a políticas cada vez más represivas, este debate se prolongó en las relaciones de los activistas del FLH con el movimiento sexo-disidente transnacional, tanto en su vertiente teórica como a través de los contactos personales. Tras el golpe de estado de 1976 muchos de estos activistas se exiliaron o continuaron sus actividades en la semiclandestinidad, hasta que el grupo se vio abocado a disolverse ese mismo año, de forma que la solidaridad transnacional cobró fuerza como mecanismo de proyección de las voces silenciadas de los disidentes sexuales argentinos.

Los entendidos y la corriente homófila en Argentina

El consenso liberal de la posguerra es un concepto historiográfico que se refiere, en términos generales, al periodo entre 1945 y 1968. En las sociedades que formaban parte del bloque occidental de la Guerra Fría, la derrota del fascismo dio lugar en esos años a una cultura política en la cual el liberalismo reformista tenía una posición hegemónica como alternativa al comunismo. Julian Jackson (2009) ha destacado cómo, en este contexto histórico, se formaron en diferentes países occidentales varios grupos homosexuales que se apropiaron del lenguaje de la ciudadanía liberal, basado en principios ideológicos derivados del humanismo de la Resistencia y del énfasis en los derechos humanos que había unido a los regímenes democráticos en la lucha contra el nazismo. Sin embargo, este periodo también se caracterizó por un conservadurismo sexual acentuado que se manifestó en las políticas antihomosexuales de diferentes estados. Las organizaciones homófilas, tales como Arcadie en Francia y la Mattachine Society en Estados Unidos, maniobraban en esta tensión entre liberalismo político y conservadurismo sexual intentando redefinir la homosexualidad como una conducta propia de ciudadanos respetables (Jackson 2009, 113–114).

La editorial Tirso, estudiada a fondo por Jorge Luís Peralta, jugó un papel central en la popularización del corpus homófilo en Argentina. Resultado de la iniciativa de Abelardo Arias y Renato Pellegrini, esta editorial publicó en sus primeros años de existencia (1956–1967) numerosas obras literarias que reflejaban relaciones eróticas o sentimentales entre hombres, o cuyos autores eran conocidos homófilos, incluyendo Roger Peyrefitte, Henry de Montherlant, o Julien Green. Como destaca Peralta, estos tres autores tenían en común una educación católica que los llevó a reflexionar sobre el conflicto entre las aspiraciones de pureza y la sensualidad. Sus obras no incluían escenas sexuales explícitas, sino que por el contrario seguían ciertos patrones de discreción, elegancia, y sensibilidad (Peralta 2012, 193–195). Tirso se dirigía a un público de entendidos: homosexuales familiarizados con códigos culturales que les permitían reconocerse entre sí, tales como la estetización del cuerpo masculino en la antigüedad clásica (Peralta 2012, 192–193; Peralta en prensa, 33–34). Las amistades particulares, de Roger Peyrefitte, trata sobre una relación íntima entre dos estudiantes de un internado católico y fue el primer libro publicado por Tirso en 1956. Aunque la intendencia de la ciudad de Buenos Aires impidió la publicación del libro durante seis meses, esta medida no hizo sino incrementar el interés en la obra, de forma que Tirso acabó editando dos tiradas de más de tres mil copias cada una, así como una edición de bolsillo (Peralta 2012, 194).

Pocos años más tarde, la publicación en 1959 del cuento de Carlos Correas “La narración de la historia”, que presentaba de forma indecorosa una cartografía urbana de encuentros sexuales anónimos entre hombres de diferente edad y estatus socioeconómico, llevó al secuestro del que sería el último número de la revista Centro y a un proceso judicial por obscenidad contra el autor (Trerotola 2012). Según el crítico Carlos Surghi, Correas entendía el papel de la homosexualidad en su propia subjetividad en términos de una tendencia a lo abyecto que le llevaba a transgredir las normas sociales acercándose a los sectores lumpen de Buenos Aires, una visión que derivaba en parte de su traducción del Diario del ladrón (1949) de Jean Genet. Al reconocerse a sí mismo como un puto atraído por los chongos, Correas reclamaba el desafío al orden moral burgués implícito en estas subjetividades abyectas (Surghi 2012, 298–300).

Por otro lado, a medida que los lectores argentinos se familiarizaban con el canon homófilo, a principios de los sesenta se produjeron los primeros contactos documentados con organizaciones homófilas de otros países. En 1963, Santiago P., un joven promotor inmobiliario, envió sendas cartas a las Mattachine Society de San Francisco y Washington, DC. pidiéndoles que le pusieran en contacto con miembros de la Mattachine que viviesen en Buenos Aires o planeasen visitar la ciudad. El tono de la carta no era político, sino más bien el de un anuncio de contactos en el que Santiago P. describía su aspecto físico y sus aficiones, propias de la clase alta porteña. Santiago P. se describía a sí mismo como una especie de “delegado extraoficial” en Argentina de la organización homófila francesa Arcadie y de la suiza Der Kreis, ofreciéndose a cumplir la misma función para la Mattachine. Incluso facilitaba su número de miembro de estas organizaciones, sugiriéndoles que contactasen a André Baudry, líder de Arcadie, para pedirle referencias. Santiago P. se despedía pidiéndole a su destinario que por precaución usase un sobre discreto al responderle, manteniendo el recato propio de los entendidos.1

Esta carta revela las coordenadas del modelo de sociabilidad homófila en Argentina. En primer lugar, los homosexuales de clase alta porteños contaban con medios económicos y un bagaje cultural que les permitían viajar al extranjero y familiarizarse con nuevas formas de pensar la cuestión de la moralidad sexual. En segundo lugar, la estructura organizativa de los grupos homófilos europeos y estadounidenses era lo suficientemente sólida como para formalizar la afiliación de sus miembros e intercambiar información sobre ellos como forma de expandir estas redes a otros países. Y, en tercer lugar, las motivaciones para unirse a esta red incluían tanto el apoyo a una agenda de cambio del discurso público sobre la homosexualidad como un interés personal en conocer a otros homosexuales, potenciales parejas sexuales. En septiembre de 1963, el presidente de la Mattachine Society de Washington, Franklin E. Kameny, le respondía que no podían acceder a su petición por las mismas razones que le habían sido dadas por la Mattachine Society de San Francisco.2

La Mattachine Society surgió a comienzos de los cincuenta en California gracias a la iniciativa de un grupo de homosexuales simpatizantes del partido comunista, posteriormente reemplazados por una segunda generación de activistas que adoptaron una estrategia asimilacionista. La organización nacional se disolvió en 1961, y desde entonces las secciones locales pusieron en práctica sus diferentes enfoques sobre los objetivos del movimiento (Meeker 2001, 79). Así, mientras la sección de San Francisco se centraba en generar redes de apoyo, la sección de Washington protagonizaba las primeras protestas públicas. Posiblemente ésta fuese una de las razones por las que Kameny, uno de los principales promotores de estas protestas, recibiese con frialdad una carta que parecía tener una finalidad frívola. Pero no podemos descartar tampoco que su respuesta manifestase un desinterés general por las corrientes homófilas latinoamericanas.

Al año siguiente, en 1964, la editorial Tirso publicó la novela Asfalto del argentino Renato Pellegrini, acerca de un joven que llega a Buenos Aires y es guiado por un hombre de mediana edad en su exploración del deseo y el ser homosexuales. Asfalto fue censurada por su contenido obsceno y Pellegrini encarcelado por tres meses, pero finalmente los jueces de la Corte Suprema de Justicia de la Nación resolvieron que la distribución de la obra debía ser permitida (Brant 2004, 120). En la novela, Pellegrini contrastaba el comportamiento de los putos o maricas urbanos, a los que caracterizaba como depredadores que intentaban satisfacer sus bajos instintos por cualquier medio a su alcance, con el de los homosexuales decentes que establecían entre ellos “amistades” auténticas basadas en el afecto y un bagaje cultural común que ennoblecían y purificaban su sexualidad. Asfalto encarnaba la posición de los entendidos porteños que disfrutaban de las múltiples oportunidades sexuales de la metrópolis al tiempo que condenaban la conducta promiscua de los putos y aspiraban a dotar a la homosexualidad de una serie de connotaciones elevadas en base a referentes culturales tales como Marcel Proust, James Joyce o Arthur Rimbaud (Pellegrini 1964, 60–93, 175–176).

Un expediente de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la provincia de Buenos Aires, localizado por Cristián Oscar Prieto, desvela la reivindicación de la homosexualidad a través de una reinterpretación de los dispositivos culturales disponibles. En 1965, un conflicto entre una profesora y un jefe de departamento de una escuela superior de bellas artes condujo a una investigación acerca de la sexualidad y posturas políticas de este último, a quién llamaré Gerardo. En una reunión departamental, Gerardo tachó a la profesora “de ‘chismosa de pasillo’ a raíz de que ésta lo había tratado de socializante [probablemente una referencia velada a las ideas izquierdistas de Gerardo], se había inmiscuido en su problema sexual y enjuiciado su actuación como Jefe”.3 La profesora presentó una queja formal y el rector de la escuela interrogó a Gerardo, quién durante su entrevista con el rector destacó que la profesora debería leer los versos sencillos XXXIX del líder independentista cubano José Martí (1853–1895), “para que sepa que los que afortunadamente pertenecemos al otro sector, tenemos solucionados muchos problemas”.4 El poema de Martí (1997, 104) decía así:

Cultivo una rosa blanca,
En julio como en enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardo ni oruga cultivo:
Cultivo una rosa blanca.

Aunque se trataba ciertamente de una afirmación ambigua, me gustaría argumentar que el uso de una voz poética que, a través de una rosa blanca, simbolizaba la “amistad” de igual a igual entre hombres y una actitud conciliadora ante un entorno hostil muestran que la perspectiva de Gerardo acerca del “otro sector” al que él pertenecía correspondía al modelo homófilo de subjetivación. La apropiación del poema de Martí dentro de este modelo es llamativa dado que éste, tal y como destaca Silvia Molloy (1998, 156), intentó “heterosexualizar” la figura de su admirado Walt Whitman suprimiendo el potencial homoerótico de su obra. Los poemas de Whitman fueron desde finales del siglo XIX fuente de inspiración para autores como Federico García Lorca a la hora de explorar y construir una subjetividad homosexual decorosa. La “Oda a Walt Whitman” de Lorca presenta una serie de jerarquías morales que distinguen al noble “macho” Whitman de los animalescos “maricas” urbanos.5 Las continuidades con el autoposicionamiento de Gerardo y los entendidos argentinos en un plano moral elevado apuntan a una tradición literaria hispánica de distanciamiento del modelo popular de la marica (Mabrey 2010, 83–84). En definitiva, Gerardo pudo leer en los Versos sencillos de Martí una formulación del afecto entre hombres y de una actitud condescendiente frente a la incomprensión que se alejaban de la intención original del autor. Extrapolando al análisis de la interacción entre dinámicas locales y transnacionales, podríamos argumentar que las actitudes personales reivindicativas a nivel local explican la extensión del modelo homófilo de subjetivación a nivel transnacional.

Momentos fundacionales y tensiones internas

En 1966, un golpe militar liderado por el general Juan Carlos Onganía instituyó un régimen dictatorial autodenominado “Revolución Argentina” (1966–1973). Bajo la presidencia de facto de Onganía (1966–1970), el Estado puso en marcha un programa político basado en el desarrollismo económico y la moralidad tradicional para contrarrestar la influencia de las organizaciones de izquierdas. La intensificación del autoritarismo estatal produjo a su vez una radicalización de los sectores opositores de estudiantes y trabajadores. Tal y como han estudiado Pablo Ben y Santiago Joaquín Insausti, fue este el contexto en el que un grupo de homosexuales de clase trabajadora formaron Nuestro Mundo en 1967. Muchos de ellos eran sindicalistas que contaban con experiencias militantes previas que fueron fundamentales en la trayectoria de politización de su sexualidad (Ben e Insausti 2017, 300–309). En concreto, Héctor Anabitarte, empleado de correos y miembro del Partido Comunista, llegó a jugar un papel de liderazgo y de enlace con los demás grupos integrados en el Frente de Liberación Homosexual (1971–1976).6

Al año siguiente, en 1968, Santiago P. volvió a escribir a la Mattachine Society de Washington, esta vez firmando como “Yack” y presentándose a sí mismo como delegado extraoficial de Arcadie en Buenos Aires y representante de un grupo homófilo argentino. Este grupo no parecía guardar ninguna relación con Nuestro Mundo, cuyos integrantes frecuentaban círculos sociales muy diferentes a los de Santiago P. Lo más probable es que se refiriese a un pequeño círculo social de homosexuales de clase media y alta que conocían las actividades de los grupos homófilos europeos y estadounidenses, y quizás las obras de autores homófilos argentinos y franceses publicadas por Tirso en esos años. Es decir, un grupo de entendidos que pretendían resignificar la homosexualidad como un comportamiento respetable sin renunciar a la exclusividad de su círculo social ni a la protección de sus barrios frente a la represión policial. Sin embargo, no hemos encontrado indicio alguno de que tratasen de darle una dimensión pública a sus reuniones o contribuir a la toma de conciencia o movilización de los homosexuales de Buenos Aires.

Santiago P. proponía, como ya había hecho en 1963, asumir el papel de representante de la Mattachine, haciéndoles ver que su posición de profesional con responsabilidades era garantía de discreción. Esta carta tenía un tono más institucional que la de 1963 y desvelaba la mirada de Santiago P. sobre su entorno: “Aquí, como siempre, ‘nuestro’ punto de vista es erróneo. Sin embargo, las cosas están empezando a cambiar y espero que algún día, quizás pronto, podamos tener la misma libertad que vosotros tenéis para ser nosotros mismos, con nuestro particular punto de vista sentimental”.7 Esta perspectiva condescendiente acerca de la sociedad argentina, así como la decisión de Santiago P. de adoptar el apodo de “Yack”, son propias del prestigio que los entendidos le atribuían a la cultura anglosajona (Green 1999, 178–182). Sin embargo, la respuesta que Santiago P. recibió de la Mattachine no era muy alentadora. El secretario de la organización, John W. Baldwin, le explicó que pretendían mantener una posición propia e independiente, y por ello no podían nombrarle representante. Además, Baldwin reconocía que mantenían poca comunicación con las organizaciones ya existentes en otros países, poniendo de manifiesto que no se trataba de una de sus prioridades.8 Este intento de colaboración o acercamiento fue, pues, infructuoso, debido en gran parte al poco interés de la Mattachine en colaborar con este grupo latinoamericano.

A los pocos meses, la noche del 28 de junio de 1969, en el bar Stonewall de Nueva York, un grupo de disidentes sexo-genéricos hicieron frente de forma espontánea a una redada policial. Los disturbios de Stonewall vinieron a simbolizar una nueva actitud de la disidencia sexual frente a la homofobia social y del estado; una actitud que participaba de la cultura militante y contestataria de las generaciones que llegaron a la juventud entre finales de los sesenta y principios de los setenta. Por ello, a largo plazo, Stonewall, como símbolo de esta actitud, acabaría teniendo un efecto movilizador significativo a nivel transnacional (Simonetto 2017, 30; Keck y Sikkink 1998, 22).

Sin embargo, Stonewall figura de forma desigual en las narrativas históricas de los fundadores del Frente de Liberación Homosexual que hemos podido entrevistar. Estas narrativas también revelan que la cuestión de los referentes transnacionales del movimiento sólo puede enfocarse a través del estudio de los debates internos entre los miembros del FLH acerca de dos temas acuciantes en la Argentina de principios de los setenta: la alianza con la izquierda militante y la tensión entre subjetividades sexo-disidentes, articulados en base a la intersección entre los ejes de género y estatus socioeconómico. En otras palabras, el choque entre el modelo de respetabilidad homosexual de los entendidos y la reclamación de la loca o marica por parte de la generación que llegó al ambiente universitario y la militancia revolucionaria entre finales de los sesenta y principios de los años setenta.

Parece haber unanimidad entre historiadores y activistas del FLH en cuanto al hecho de que la organización se formó en 1971 como resultado del encuentro entre los miembros de Nuestro Mundo y un grupo de intelectuales consolidados, a los que posteriormente se unieron los estudiantes del grupo Eros liderados por Néstor Perlongher. Pero no existe tal unanimidad ni en cuanto a los detalles específicos de este primer encuentro ni en lo que se refiere a la atribución de la causalidad del mismo a factores locales o transnacionales.9 Juan José Sebreli y Blas Matamoro, intelectuales con una reputación ya consolidada a principios de los setenta, pertenecían a una generación aún vinculada a los entendidos de clase media familiarizados con el canon homófilo, tales como Juan José Hernández y Pepe Bianco. Sin embargo, Sebreli y Matamoro pretendían estudiar la homosexualidad abiertamente a través de las ciencias sociales, la literatura y la filosofía. Pepe Bianco colaboró con el FLH traduciendo textos relevantes del inglés al castellano, incluyendo un documento fundamental de los Black Panthers estadounidenses que llamaba a la solidaridad entre diferentes movimientos de liberación.10

Según Héctor Anabitarte, para Pepe Bianco la idea de organizarse en base a la identidad sexual era un “disparate”, pero aun así prestó su domicilio para las reuniones del FLH siendo consciente de que su posición de clase proporcionaba una cierta protección frente a la vigilancia y represión policiales.11 Es decir, Bianco puso el privilegio de clase que había sido la base de las políticas del decoro de los entendidos al servicio de una nueva forma de activismo homosexual que él mismo rechazaba, señalando así una transición generacional pero también una continuidad entre ambos modelos. Juan José Hernández, discípulo de Bianco, fue el enlace entre los intelectuales y Nuestro Mundo, dado que compartía el origen tucumano de muchos de los miembros de este último grupo.12 Aun así, Bianco y Hernández prefirieron no exponerse demasiado y colaboraron sobre todo a través de las redes de sociabilidad que les conectaban con Matamoro y Sebreli, mientras que estos últimos estuvieron más dispuestos a participar en asambleas con otros grupos integrados en el FLH.13

Los posicionamientos de Matamoro y Sebreli dentro de las redes de sociabilidad homosexual y los conflictos ideológicos de los años setenta se hacen evidentes en su narrativa histórica acerca de la relación entre Stonewall y la formación del FLH. Sebreli relata cómo, en agosto de 1971, Rubén Massera, que acababa de regresar de Nueva York, dónde había trabajado como traductor para las Naciones Unidas, le llamó para compartir su entusiasmo acerca de las actividades del “gay power” estadounidense y proponerle la formación de una organización similar en Argentina.14 Tras esta llamada, Sebreli y Matamoro habrían organizado una reunión a la que asistieron seis personas: ellos dos, Rubén Massera, Manuel Puig, Juan José Hernández y Héctor Anabitarte. En esa reunión, Sebreli (2005, 241) habría propuesto el nombre Frente de Liberación Homosexual inspirándose en el Gay Liberation Front (GLF) estadounidense. Según esta narrativa histórica, el movimiento argentino habría surgido como consecuencia del contacto en primera persona con la experiencia del “gay power” estadounidense y del entusiasmo y empeño de un pequeño grupo de intelectuales argentinos.

Al mismo tiempo, es necesario contrastar la visión de Sebreli con los testimonios de otros activistas como Blas Matamoro y Héctor Anabitarte, que también habrían estado presentes en la primera reunión del FLH. Matamoro, en cuyo domicilio se celebró la reunión, respondió a mis preguntas sobre la influencia de los disturbios de Stonewall dejando claro que desconocía ese término, pero recordaba la importancia de la Mattachine Society.15 El hecho de que se refiriese a la Mattachine como la principal organización de referencia del FLH dentro de Estados Unidos, obviando por completo los movimientos liberacionistas de finales de los sesenta y principios de los setenta, podría guardar relación con su desacuerdo con las políticas revolucionarias adoptadas por el FLH tras la incorporación de los jóvenes estudiantes de Eros, liderados por Perlongher.

Según Anabitarte, en Nuestro Mundo supieron de Stonewall a través del intelectual tucumano Juan José Hernández, que viajó a Estados Unidos trayendo de vuelta una octavilla “de la primera manifestación aquella, que fue en Nueva York, cuando lo del bar … y ya empezamos a entender que había un movimiento gay en Estados Unidos”.16 Para Anabitarte y los activistas de clase obrera de Nuestro Mundo, Stonewall y el surgimiento del GLF no pareció marcar ni mucho menos un momento fundacional, sino más bien contribuir a la consciencia del carácter transnacional de su lucha. Además, Anabitarte señala que Arcadie tuvo una mayor influencia para ellos como referente teórico, lo que podría deberse a varias razones, incluyendo la tradicional francofilia de los ambientes intelectuales argentinos y la trayectoria del grupo francés en las primeras décadas de la posguerra. Por el contrario, factores ideológicos impedían una relación más fluida con el activismo estadounidense: “Y además éramos gente de izquierda y teníamos un prejuicio con todo lo que viniera de Estados Unidos”.17 Del mismo modo, la feminista Sara Torres señala que, aún cuando se conseguía superar la barrera del idioma, los textos traducidos no siempre respondían a los objetivos de los activistas argentinos: “Había muchos que se dedicaban a traducir todo lo que pasaba en Estados Unidos y había un montón de cosas que no entendíamos la lógica”.18 Los análisis teóricos del activismo transnacional han subrayado que la movilización debe partir de un cierto “acuerdo difuso” en torno a causas tales como los derechos humanos (Keck y Sikkink 1998, 204). Sin embargo, el agresivo intervencionismo de Estados Unidos en Latinoamérica para impedir la formación de gobiernos de izquierdas en el contexto de la Guerra Fría dificultaba que los militantes argentinos se relacionasen con los aportes teóricos del activismo estadounidenses en términos de igualdad y solidaridad.

En definitiva, la comparación de los testimonios de Sebreli, Matamoro y Anabitarte, los únicos disponibles para entender cómo los activistas que asistieron a la primera reunión del FLH respondieron a los referentes internacionales de la organización, y sobre todo al simbolismo de Stonewall como acontecimiento fundacional, muestran divergencias notables en este sentido. Sebreli le atribuye a Stonewall un papel causal; Matamoro ignora por completo el significado del término y reivindica la importancia del modelo homófilo, y Anabitarte señala que la experiencia de Nuestro Mundo era anterior a este acontecimiento, siendo además la relación con el GLF estadounidense problemática debido a factores ideológicos. Sin pretender resolver estas divergencias en favor de uno de estos testimonios, sí que nos gustaría señalar que la historiografía debe lidiar con el hecho de que Stonewall, así como otros artefactos simbólicos del movimiento internacional de liberación sexual de los sesenta y setenta, no tuvieron la misma relevancia para todos los activistas de esa época. Por el contrario, los factores ideológicos y de clase que daban forma a la subjetividad de estos individuos también influyeron en su posicionamiento con respecto al escenario del activismo transnacional. Como historiadores debemos reconocer esta heterogeneidad en vez de privilegiar una meta-narrativa de difusión homogénea de las estrategias del activismo liberacionista.

La colaboración interclasista y la heterogeneidad ideológica que marcaron las actividades del FLH no estuvieron desprovistas de tensiones. Estas tensiones tuvieron que ver con la disyuntiva entre las políticas integracionistas basadas en la respetabilidad y las políticas revolucionarias que subrayaban el potencial transgresor de la homosexualidad. Esta disyuntiva se articuló en dos debates fundamentales que tuvieron tanto o más que ver con el contexto local que con los referentes teóricos internacionales, aunque estos últimos ciertamente fueron incorporados para reforzar las diferentes posiciones enfrentadas. El primer debate que vamos a tratar giró en torno a la figura de la loca o marica y el segundo se refería a la colaboración con movimientos tales como el peronismo de izquierdas y el trotskismo.

De forma esquemática, podemos trazar una continuidad entre el modelo homófilo de reclamación de una homosexualidad masculina y recatada a los ojos de los no entendidos, y la postura de intelectuales como Sebreli y Matamoro que dentro del FLH pretendían mantener el distanciamiento de la feminidad y sexualidad indecorosas de la “loca”.19 Por el contrario, los activistas del grupo Eros, como Néstor Perlongher y Marcelo Benítez, vieron en la loca o marica al sujeto revolucionario por excelencia, que a través de su anhelo de conseguir el máximo de placer sexual y su negativa a adaptarse a las expectativas de la hombría desafiaba las bases familiaristas y patriarcales del sistema de opresión capitalista (Vespucci 2011, 187–190).20 Estos activistas pretendían apelar no solo a los homosexuales instruidos de clase media, sino a los disidentes sexuales de clase trabajadora que quebraban las estructuras de dominación sexo-política con su forma de conducirse a diario, aunque el marcado carácter teórico de las publicaciones y acciones del FLH les impidió formar una plataforma militante más amplia, según la evaluación posterior de Perlongher (1997, 81–82).

Marcelo Benítez, por aquel entonces un joven estudiante marxista, presenta así la postura del grupo liderado por Perlongher: “Nos vivíamos peleando. No teníamos una postura. Nos peleábamos como perras. Porque unas decían que ‘por ser homosexual no hay que dejar de ser hombre.’ Y lo decían con unos collares de perlas … Como habla ésta! Viste? … Gente como Perlongher, y yo también, estábamos a favor de la marica, y la llevábamos a la altura de la heroína, viste … Era como el obrero para los marxistas, digamos … el sujeto revolucionario, para Perlongher, yo, y otros más”.21 El reconocimiento del potencial revolucionario de la “marica” aparece aquí junto a una crítica paródica de aquellos activistas que en estos debates acalorados pretendían reclamar su condición de “hombres” homosexuales. Blas Matamoro, que posiblemente pertenecía a este último grupo, describe así este debate: “Luego había que ser homosexual de uniforme, vestirse de homosexual, para que todo el mundo lo supiera, porque lo otro era vergonzante, el homosexual que se mimetizaba era vergonzante”.22 Según el punto de vista de Matamoro, la reclamación de la marica equivalía a imponer un imperativo moral de externalización de la homosexualidad a través de la disidencia de género, en contraste con la sociabilidad normativa que promovía la literatura homófila.

Las dos posturas enfrentadas en torno a la marica guardaban una cierta correlación, pero no una correspondencia exacta, con los posicionamientos acerca de la colaboración con las organizaciones marxistas y el peronismo de izquierdas. Matamoro y Sebreli, a la vez que rechazaban la visión de la marica como sujeto revolucionario por excelencia, defendían un activismo limitado fundamentalmente al ámbito intelectual, a través de la elaboración de estudios y encuestas como forma de promover una concientización de los homosexuales. En cuanto a su posicionamiento ideológico, Sebreli lo describe así: “De izquierda intelectual, ninguno era militante, salvo Anabitarte que era militante del PC, el resto no teníamos ninguna militancia. Éramos de izquierda, una izquierda muy vagarosa, muy vagarosa, muy indefinida”.23 Es decir, la indefinición ideológica y el rechazo de las estrategias militantes habrían caracterizado a este grupo. Por el contrario, Perlongher, Benítez y otros miembros del FLH vieron en el acercamiento a la izquierda peronista, y posteriormente al trotskismo, la vía lógica y necesaria para crear una plataforma de alianza entre diferentes causas revolucionarias.24 La estrategia de Eros adquirió el rango de postura hegemónica dentro del FLH dada la capacidad del grupo para movilizar la mayor energía militante, en términos del número de miembros dispuestos a exponerse.25 En junio de 1973, varios miembros del FLH escenificaron el acercamiento al peronismo acudiendo al aeropuerto de Ezeiza para recibir a Perón. Sin embargo, esta estrategia no pudo producir los resultados deseados, en parte porque en el contexto de creciente polarización y violencia políticas entre los años 1973 y 1976 la extrema derecha utilizó la visibilidad del FLH para desacreditar a las organizaciones de izquierdas, ante lo que éstas respondieron marcando distancias con el activismo homosexual (Simonetto 2017, 46–48).

Las cartas a Robert Roth: Crisis y resistencia

Fue en la etapa en la que el FLH tuvo que afrontar un contexto político de intensificación de la represión y polarización políticas en Argentina, entre la última presidencia de Perón (1973–1974) y el golpe militar del 1976, cuando los contactos epistolares con el extranjero adquirieron una mayor relevancia como forma de recabar apoyo. Como han argumentado Ben e Insausti (2017, 298), aunque ésta ha sido la etapa del movimiento más estudiada, por coincidir con la publicación de Somos, la revista del FLH, la mayor expansión de la organización habría tenido lugar en los años anteriores, desde el 1969 al 1973, a través de la incorporación de nuevos grupos y la colaboración con el feminismo. De hecho, ya en 1973 Sergio Pérez Álvarez fue uno de los primeros miembros del FLH en exiliarse. Una maestra del jardín de infantes del que era director encontró unos materiales que el FLH había dejado olvidados allí tras una reunión, y a partir de entonces empezó a recibir llamadas anónimas a su casa amenazándole de muerte. En una de esas ocasiones fue su padre quien descolgó el teléfono, y dado que la hija de una amiga de la familia ya había “desaparecido” (secuestrada y asesinada por fuerzas de extrema derecha), decidieron que la mejor opción era que Sergio se fuese a vivir a España ya que tenía la doble nacionalidad.26

En este contexto de creciente represión, la correspondencia con activistas de distintos países operaba como una red descentralizada con diferentes puntos nodales que permitía el intercambio de recursos, contactos e información. Tal y como argumentan Margaret E. Keck y Kathryn Sikkink (1998, 2), las redes de activismo transnacional están formadas por actores no-tradicionales que conceptualizan y abordan una nueva problemática desde una perspectiva internacional, en base a vínculos establecidos por medio de valores compartidos, un discurso común, e intercambios frecuentes y estratégicos de información y servicios que son el elemento definitorio de las redes. Los valores de libertad sexual, las estrategias de resistencia frente a la represión estatal, y la información acerca de nuevas organizaciones y del deterioro de los derechos democráticos en el contexto de la Guerra Fría fueron los elementos que dieron forma a la red de solidaridad transnacional de los activistas sexo-disidentes latinoamericanos de los años setenta.

Entre otras organizaciones, la publicación brasileña Lampião da esquina proporcionó desde su primer número en abril de 1978 un altavoz a los disidentes sexuales argentinos, publicando de forma regular y sostenida reportajes y cartas acerca del deterioro de las condiciones de vida en Buenos Aires bajo la última dictadura.27Lampião surgió gracias a la iniciativa de un grupo de intelectuales y periodistas brasileños, algunos de los cuales se habían reunido con el editor estadounidense Winston Leyland durante su visita a Brasil. Los editores de la revista animaron a los homosexuales a movilizarse por sus derechos, prestando atención al desarrollo del movimiento de liberación sexual tanto dentro como fuera de Brasil. Poco tiempo después de la fundación de Lampião, una docena de homosexuales formaron en São Paulo un grupo de concienciación, denominado Núcleo de Ação pelos Direitos dos Homossexuais (Green 2013, 249–252). Posteriormente, con el objetivo de atraer nuevos miembros, el grupo fue renombrado SOMOS: Grupo de Afirmação Homossexual, en homenaje a la publicación del FLH, señalando la importancia de la narrativa acerca de la solidaridad transnacional como una forma de resistencia continuada en un contexto represivo.28

Otro de los puntos nodales de esta red transnacional era Robert A. Roth, un activista neoyorkino que en los años setenta asumió la labor de mantener una fluida correspondencia con los grupos homosexuales latinoamericanos en nombre de varias organizaciones estadounidenses. Roth estudió derecho en Cornell, donde fue uno de los cofundadores de la Student Homophile League. En Nueva York trabajó como abogado especializado en la protección de los derechos de los inquilinos, y falleció en 1990 a la edad de cuarenta años por causas relacionadas con el VIH. A lo largo de su vida, Roth atesoró un archivo personal de publicaciones homosexuales, especialmente latinoamericanas, y de cartas que nos proporcionan una valiosa información sobre la forma en que las redes transnacionales se extendían a través de los contactos personales.

Una de las primeras cartas procedentes de Argentina que conservó Roth está datada en marzo de 1974 (Imagen 1), y en ella el FLH solicita a sus “hermanas y hermanos” estadounidenses que sirvan de “puente postal” para la organización, proporcionándoles una dirección que el FLH pudiese difundir en su revista Somos para “comunicarse con la comunidad”.29 Vemos pues que el paso gradual a la clandestinidad y el estrechamiento de las relaciones con el movimiento transnacional estuvieron interrelacionados. Asimismo, el FLH también solicitó el apoyo de sus compañeros estadounidenses para sufragar los gastos realizados en solidaridad con los presos homosexuales de la cárcel de Devoto, incluyendo la compra de lápices, revistas, cigarrillos, yerba mate, papel higiénico, café y otros productos básicos.30 En febrero de 1976, Héctor Anabitarte agradecía a Robert Roth la ayuda económica para los presos.31 El “potencial de movilización” de las redes activistas dependía de estos mecanismos informales de circulación de información y recursos, en los cuales actores nodales como Anabitarte o Roth cumplían las funciones de “integración estructural y negociación cultural” entre diferentes grupos (Keck y Sikkink 1998, 6–7).

Imagen 1 

Carta del Frente de Liberación Homosexual a Robert Roth, Buenos Aires, 18 de marzo de 1974, Caja 6, Carpeta 16, Robert Roth Papers, Division of Rare and Manuscript Collections, Cornell University Library.

Paralelamente, otras cartas se enviaron a título individual desde Argentina intentando crear lazos personales para mitigar diferentes situaciones de aislamiento. Así, en septiembre de 1975, un estudiante de filosofía de dieciocho años llamado Carlos Oller envió una carta a la Mattachine Society, cuya dirección había encontrado en un número de la revista Gay Times: “My name is Carlos Oller, I’m 18 and I live in Argentina. I’m studying philosophy at the University of Buenos Aires, but above all I’m gay”.32 Oller se crió en Villa Devoto, que había sido uno de los barrios predilectos de la colonia británica en Buenos Aires, y estudió en un colegio bilingüe, de ahí que pudiera comunicarse fluidamente en inglés. En una entrevista que le hice recientemente, Oller especuló que seguramente consiguiese el Gay Times encargándolo por correo, aunque no recuerda los detalles.33

En cuanto a su uso del término gay, Oller apunta: “En esa época el término ‘gay’ en la acepción actual era desconocido en Argentina. Tampoco era común su uso entre los homosexuales … Sin embargo, me parecía un término cómodo que evitaba tanto el tono clínico de ‘homosexual’ como el matiz cursi de ‘entendido’”.34 Oller especula que posiblemente conociese el término gay a través de las publicaciones en inglés que leía en su adolescencia, tales como las revistas Time y Mad y el periódico local Buenos Aires Herald. Es decir, siendo gay un término desconocido en Argentina en los setenta y por lo tanto sin un significado definido, Oller lo habría utilizado como forma de manifestar su desapego con respecto al modelo homófilo de los entendidos. La “cursilería” de este modelo, con su énfasis en la sofisticación y el recato, no apelaba a un joven que en este periodo de turbulencias políticas y cuestionamientos profundos de la moral tradicional quería expresar: “Una suerte de afinidades innatas que me unían, desde pequeño, a personas muy distantes en el espacio y el tiempo, una identidad que no encontraba en el mercado de identidades de la época”.35

En estas primeras etapas de introducción del paradigma gay, asociado a las políticas identitarias y de la visibilidad, no fueron tanto estas connotaciones como el deseo de construir comunidades afectivas transnacionales y el rechazo al modelo de subjetivación de los entendidos lo que llevó a la adopción estratégica del término. Cabe apuntar aquí que el rechazo hacia la discreción de los entendidos era un fenómeno transnacional, identificado también en Brasil a principios de los setenta (Green 1999, 191; 269). Por otro lado, las fuentes parecen indicar que tanto en Argentina como en Brasil el uso del término gay en relación con un nuevo paradigma identitario que proclamaba la “flexibilidad” de los roles de género y sexuales frente a los modelos de chongo/loca o bofe/bicha era como mucho incipiente en los setenta, y sólo a partir de los años ochenta empezó a consolidarse, pero nunca de forma homogénea (Insausti 2016, 165–170; Green 1999, 268–270).

En la carta que escribió a la Mattachine, Oller se refería al FLH como un grupo que había actuado clandestinamente un par de años antes pero que parecía haber desaparecido desde entonces.36 Oller recuerda que Somos se vendió durante un tiempo en varios de los kioscos de la ciudad, incluido uno en la Avenida Corrientes donde pudo conseguir algunos ejemplares siendo un adolescente.37 El FLH habría tenido entonces una cierta capacidad de apelar, de hacer llegar su mensaje a los homosexuales de Buenos Aires, incluso a un adolescente sin ningún contacto con el activismo. Sin embargo, cuando Oller escribió su carta los ejemplares de Somos ya no podían adquirirse tan fácilmente. Vemos pues que fue el empeoramiento de la situación política en los meses previos al golpe militar de marzo de 1976 lo que impidió que el FLH continuase esta estrategia, llevando a personas como Oller a dirigirse a organizaciones como la Mattachine. Roth puso a Oller en contacto con Héctor Anabitarte,38 de forma que el joven estudiante de filosofía pudo asistir a una de las reuniones del FLH, como le hizo saber a Roth en una carta de diciembre de 1975 en la que también mostraba su alarma por el ascenso de la extrema derecha y los asesinatos políticos que tenían lugar a diario en Argentina.39 Esta es la última carta de Carlos Oller en el archivo de Roth, pero no sería éste su último contacto con el movimiento, como veremos más adelante.

A medida que el clima político se enrarecía en Argentina, el FLH creaba vínculos con otros grupos que se estaban formando en Latinoamérica. A raíz de una carta de Roth de febrero de 1976,40 el FLH se puso en contacto con un grupo de São Paulo.41 Del mismo modo, el puertorriqueño Rafael Cruet, líder de la Comunidad de Orgullo Gay y uno de los actores centrales del movimiento sexo-disidente transnacional de esos años, se puso en contacto con el FLH para expresar su preocupación por el incremento de la represión en Argentina.42 Así pues, esta red transnacional cumplía la función de proyectar las voces de los activistas sexo-disidentes argentinos tanto dentro como más allá de sus fronteras (Keck y Sikkink 1998, 13). La escalada de violencia estatal culminó con el golpe de estado del 24 de marzo de 1976, que supuso un punto de ruptura para las actividades del FLH. Sin embargo, una carta del FLH a Roth, firmada ese mismo día y posiblemente escrita por Héctor Anabitarte (Imagen 2), intentaba transmitir esperanza en tiempos de dificultad: “Hoy se produjo un golpe de Estado. Los militares se han hecho cargo del gobierno. La represión seguirá. Se abre una nueva etapa de la crisis argentina. El movimiento homosexual hoy está más organizado y sólido. Aguantaremos. Estamos creciendo”.43 La siguiente carta, de abril de 1976, dejaba ya traslucir una creciente preocupación que parecía manifestarse asimismo en un acentuado interés en mantener esta correspondencia con el extranjero, dada la alarmante situación política del país: “Las cosas están difíciles pero podemos seguir trabajando. Por favor escriban. Es para nosotros muy importante”.44 El cambio de tono entre estas dos cartas, del optimismo forzado a la apelación a la solidaridad internacional, es botón de muestra de las experiencias de los activistas del FLH en estos meses.

Imagen 2 

Carta del Frente de Liberación Homosexual a Robert Roth, Buenos Aires, 24 de marzo de 1976, Caja 6, Carpeta 16, Robert Roth Papers, Division of Rare and Manuscript Collections, Cornell University Library.

Aunque el FLH no parece haber estado en el punto de mira de las autoridades militares, los activistas que hemos entrevistado se vieron afectados de diferentes maneras por el incremento de la represión contra la disidencia política y la militancia de izquierdas a partir del año 1973, y de forma mucho más marcada tras el golpe militar de 1976. En el caso de Blas Matamoro, el exilio vino tras el golpe del 1976, cuando su libro Olimpo fue censurado y su pareja fue detenido y torturado de forma arbitraria por llevar barba, trabajar en el museo de Bellas Artes de Córdoba, y tener un documento de identidad con algunos datos erróneos. Una profesión y aspecto físico vinculados a los ambientes contraculturales de artistas y hippies y un problema burocrático fueron suficientes para marcarlo como sospechoso de disidencia:

El asunto que lo tuvieron una semana con los ojos vendados en un lugar donde había siete personas y cada día desaparecía una, no volvía más […] al lado ponían la electricidad a la gente, la picana eléctrica […] le hacían barrer con los ojos vendados el lugar, el tipo un día tiro la escoba, lo tuvieron en plena noche de invierno en pelota en un patio. Pero, además, él después durante años no podía pasar por un lugar donde estuvieran asando carne porque era el olor de la carne quemada de la gente que le ponían electricidad.45

El reconocido escritor Manuel Mujica Laínez y el mismo ministro de educación intercedieron en su favor y al cabo de unos días fue liberado, pero las pesadillas continuaron durante años. A raíz de esta experiencia, siendo consciente de la arbitrariedad de la violencia estatal, de las continuas desapariciones (incluyendo periodistas que trabajaban con Matamoro en La Opinión), y de la situación de vulnerabilidad de la sociedad civil y especialmente de aquellos que desafiaban la moralidad tradicional, Matamoro decidió aceptar un trabajo como corresponsal en Madrid en septiembre de 1976.46 Sebreli, por el contrario, permaneció en Buenos Aires durante la dictadura, pero renunció a publicar y se limitó a enseñar de forma semiclandestina.47 Benítez también optó por quedarse en Buenos Aires.48 El caso de Perlongher es complejo; aunque fue detenido a principios de 1976 en relación con ciertas actividades “inmorales” durante una fiesta en su apartamento, no fue hasta 1981 que decidió emigrar a Brasil (Figari 2017).

Néstor Perlongher siguió reuniéndose con un pequeño grupo de amigos mientras vivió en Buenos Aires bajo la dictadura. De hecho, Carlos Oller, a quién habíamos dejado atrás después de su última carta a Roth en diciembre de 1975, asistió a algunas de las reuniones de este grupo tras volver a coincidir con Perlongher a través de amigos comunes. Oller también contactó por carta con Winston Leyland, quien en 1975 había fundado Sunshine Press, la primera editorial de temática gay de Estados Unidos. En 1982, Oller viajó a San Francisco, en principio para estudiar un curso intensivo de inglés, pero su estancia se acabó prolongando por el estallido de la Guerra de las Malvinas, que a su vez puso fin a la última dictadura argentina. Conoció entonces personalmente a Leyland, y le entregó “un documento en castellano sobre la represión en Argentina”, que había elaborado el grupo que seguía reuniéndose en Buenos Aires. Leyland le pidió a Oller que le facilitase información sobre posibles autores para una antología de literatura gay latinoamericana, y Oller a su vez le habló del proyecto a Néstor Perlongher, quien consiguió varios de los textos que en 1983 se publicaron en My Deep Dark Pain Is Love,49 incluyendo la primera versión disponible del famoso relato de Perlongher “Evita vive”, titulado en inglés “Evita Lives” (Perlongher 1997, 191). Esta historia revela el carácter contingente y las derivas múltiples de las trayectorias y relaciones personales a través de las cuales se creó una compleja red de intercambios que permitió, entre otras cosas, la difusión en el mundo angloparlante de textos centrales del canon queer latinoamericano.

Por otro lado, Héctor Anabitarte y su pareja Ricardo Lorenzo Sanz mantuvieron el contacto con Robert Roth desde su exilio en Madrid, dirigiéndose a él como su “querido compañero y amigo”.50 En este caso, fue la militancia comunista y sindical de Anabitarte el principal factor que los llevó a dejar Argentina. En sucesivas cartas entre 1977 y 1979, Anabitarte y Lorenzo informaron a Roth de la disolución del FLH, acordaron la publicación de su dirección de Madrid en la lista de organizaciones internacionales que Roth recopilaba y publicaba (como dirección del Frente de Liberación Homosexual de la Argentina en el Exilio, y usando Rodolfo Rivas como seudónimo de Anabitarte), e intercambiaron información sobre nuevas organizaciones que estaban surgiendo en España y en Chile en las últimas cartas de marzo de 1979.51 Para aquel entonces, Roth estaba poniendo en marcha su despacho de abogado, mientras que Anabitarte y Lorenzo habían encontrado trabajo en Madrid como periodistas y en las oficinas de Amnistía Internacional.52 Quizás fueron estas nuevas ocupaciones las que les impidieron mantener la correspondencia que habían iniciado cinco años antes. En todo caso, el intenso intercambio de información y muestras de solidaridad que mantuvieron durante la escalada de violencia estatal en Argentina es ilustrativo del papel de las redes de activismo trasnacional, así como de la correlación entre la expansión de las mismas y el deterioro de las condiciones políticas a nivel nacional.

Conclusión

En este trabajo he intentado subrayar la agencialidad de los activistas homosexuales argentinos a la hora de relacionarse con las organizaciones y referentes teóricos de otros países, en función de subjetividades y formas de sociabilidad articuladas por factores de clase social y género, así como de sus posicionamientos ideológicos con respecto al contexto de polarización política de esas décadas. Analizando diversas fuentes primarias, intento adelantar algunas hipótesis acerca de cómo la intersección entre dinámicas locales y transnacionales dio forma a los primeros movimientos homosexuales en Argentina con anterioridad y durante la etapa de apogeo de las políticas liberacionistas. Primero, el modelo homófilo de las políticas del decoro se extendió desde mediados de los cincuenta, apelando a los homosexuales de clase media y alta que se identificaban con una masculinidad respetable y autodisciplinada en contraste con la figura de la loca, marica o puto de clase baja y su performance de una feminidad sexualizada. La tensión entre las políticas de integración social en base a la respetabilidad y el “sexo de las locas” como elemento de ruptura con el sistema imperante se vio politizada a medida que diferentes grupos sexo-disidentes se formaban en Buenos Aires. Esta tensión no fue totalmente resuelta, pero la posición más rupturista acabo adquiriendo la hegemonía dentro del FLH. Segundo, los activistas argentinos eligieron aquellos interlocutores y modelos de activismo que respondían mejor a sus experiencias personales y cultura. En otras palabras, los contactos con grupos de otros países respondían a los diferentes posicionamientos y subjetividades de estos activistas, más que a la inversa. Y tercero, en el contexto de crisis que precedió al golpe de estado de 1976 y durante la última dictadura militar argentina la solidaridad internacional adquirió una mayor relevancia para los activistas del FLH, que intentaron movilizar todos los recursos a su disposición para darle continuidad y proyección a sus actividades.

Notas

1Santiago P. a la Mattachine Society of Washington, 12 de agosto de 1963, Kameny Papers, caja 82, carpeta 7, Library of Congress (de ahora en adelante Kameny Papers 82/7). 

2Franklin E. Kameny a Santiago P., 11 de septiembre de 1963, Kameny Papers 82/7. 

3“Informe ambiental”, La Plata, 10 de mayo de 1967, folios 2–5, legajo R [referencia] 14.603, Archivo de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (DIPBA). 

4“Informe ambiental”. 

5Comunicación personal con Ian Russell, 29 de noviembre de 2017. 

6Héctor Anabitarte, entrevista con el autor, Madrid, 25 de junio de 2012. 

7“Here as always, ‘our’ point of view is wrong, however things begin to change and I hope someday, perhaps soon, we can have the same freedom you have to be ourselves, with our particular sentimental point of view.” Yack P. a la Mattachine Society of Washington, octubre de 1968, Kameny Papers 82/7. 

8John W. Baldwin a Yack P., 13 de noviembre de 1968, Kameny Papers 82/7. 

9Por ejemplo, Héctor Anabitarte, Juan José Sebreli y Blas Matamoro coinciden en afirmar que la primera reunión del grupo tuvo lugar en el domicilio de Matamoro, mientras que Sergio Pérez Álvarez afirma que fue en su domicilio. 

10Anabitarte, 25 de junio de 2012. 

11Anabitarte, 25 de junio de 2012. 

12Anabitarte, 25 de junio de 2012. 

13Juan José Sebreli, entrevista con el autor, Buenos Aires, 2 de junio de 2012. 

14Sebreli, 2 de junio de 2012. 

15Blas Matamoro, entrevista con el autor, Madrid, 24 de junio de 2012. 

16Anabitarte, 25 de junio de 2012. 

17Anabitarte, 25 de junio de 2012. 

18Sara Torres, entrevista con el autor, Buenos Aires, 7 de junio de 2012. 

19Matamoro, 24 de junio de 2012; Sebreli, 2 de junio de 2012. 

20Marcelo Benítez, entrevista con el autor, Buenos Aires, 13 de junio de 2012. 

21Benítez, 13 de junio de 2012. 

22Matamoro, 24 de junio de 2012. 

23Sebreli, 2 de junio de 2012. 

24Benítez, 13 de junio de 2012. 

25Sebreli, 2 de junio de 2012. 

26Sergio Pérez Álvarez, entrevista con el autor, Lanús, 6 de junio de 2012. 

27En Lampião de esquina ver: “Terrível perseguição”, abril de 1978, 8; “Argentina cruel”, agosto de 1979, 19; “Sufoco na Argentina”, febrero de 1980, 14–15; “Mais Argentina”, septiembre de 1979, 18; Anton Leicht, “The Buenos Aires Affair”, marzo de 1980, 14–15; “S.O.S. Argentina”, junio de 1980, 14. 

28“Grupo SOMOS: Uma experiência”, Lampião da esquina, mayo de 1979, 2–3. 

29FLH a Robert Roth, Buenos Aires, 18 de marzo de 1974, caja 6, carpeta 16, Robert Roth Papers, Division of Rare and Manuscript Collections, Cornell University Library (de ahora en adelante Roth Papers 6/16). 

30FLH a Robert Roth. Buenos Aires, 6 de mayo de 1974, caja 6, carpeta 17, Robert Roth Papers; FLH a Robert Roth, Buenos Aires, 6 de junio de 1974, Roth Papers 6/16. 

31Héctor Anabitarte a Robert Roth, Buenos Aires, 23 de febrero de 1976, Roth Papers 6/16. 

32Carlos Oller a la Mattachine Society, Buenos Aires, 29 de septiembre de 1975, Roth Papers 6/16. 

33Carlos Oller, entrevista con el autor, Buenos Aires, 4 de marzo de 2017. 

34Carlos Oller, comunicación personal con el autor, 4 de enero de 2018. 

35Oller, 4 de enero de 2018. 

36Carlos Oller a la Mattachine Society, Buenos Aires, 29 de septiembre de 1975, Roth Papers 6/16. 

37Oller, 4 de marzo de 2017; Oller, 4 de enero de 2018. 

38Robert Roth a Carlos Oller, 23 de noviembre de 1975, Roth Papers 6/16. 

39Carlos Oller a Robert Roth, Buenos Aires, 15 de diciembre de 1975, Roth Papers 6/16. 

40Robert Roth a Carlos Oller, 10 de febrero de 1976; Robert Roth al FLH, 15 de febrero de 1976, Roth Papers 6/16. 

41Héctor Anabitarte a Robert Roth, Buenos Aires, 23 de febrero de 1976, Roth Papers 6/16. 

42Robert Roth a Héctor Anabitarte, 14 de marzo de 1976, Roth Papers 6/16. 

43FLH a Robert Roth, Buenos Aires, 24 de marzo de 1976, Roth Papers 6/16. 

44FLH a Robert Roth, Buenos Aires, 15 de abril de 1976, Roth Papers 6/16. 

45Matamoro, 24 de junio de 2012. 

46Matamoro, 24 de junio de 2012. 

47Sebreli, 2 de junio de 2012. 

48Benítez, 13 de junio de 2012. 

49Oller, 4 de marzo de 2017. 

50Héctor Anabitarte y Ricardo Lorenzo a Robert Roth, San Lorenzo de El Escorial, 24 de octubre de 1977, Roth Papers 6/16. 

51Héctor Anabitarte a Robert Roth, San Lorenzo de El Escorial, 29 de abril de 1977, Roth Papers 6/16; Robert Roth a Héctor Anabitarte y Ricardo Lorenzo, 29 de noviembre de 1977, Roth Papers 6/16; Héctor Anabitarte y Ricardo Lorenzo a Robert Roth, San Lorenzo de El Escorial, 7 de enero de 1978, Roth Papers 6/16. 

52Héctor Anabitarte y Ricardo Lorenzo a Robert Roth, Madrid, 17 de marzo de 1979; Robert Roth a Ricardo Lorenzo y Héctor Anabitarte, 9 de marzo de 1979, Roth Papers 6/16. 

Agradecimientos

Quiero expresar mi agradecimiento al Phil Zwickler Fund y al Janey Program por el apoyo que hizo posible esta investigación. Asimismo, Héctor Anabitarte, Marcelo Benítez, Blas Matamoro, Carlos Oller, Sergio Pérez Álvarez, Juan José Sebreli y Sara Torres mostraron una enorme generosidad al compartir conmigo sus recuerdos. Cristián Oscar Prieto me guió en el archivo de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires y gracias a Richard McKay supe acerca de las cartas de Santiago P. a la Mattachine. James N. Green, Débora D’Antonio, Federico Finchelstein, Santiago Joaquín Insausti, Jeremy Varon, y los revisores de LARR dieron forma a este trabajo a través de sus lecturas y comentarios.

Información sobre el autor

Javier Fernández Galeano es doctor en historia por Brown University. Su tesis gira en torno a las políticas estatales de represión de la homosexualidad en Argentina y España entre las décadas de 1940 y 1980, poniendo el énfasis en las estrategias de resistencia sexual, afectiva y cultural ante la imposición de categorías médico-legales. Con anterioridad completó sendas licenciaturas en historia y antropología en la Universidad Complutense de Madrid, obteniendo el premio extraordinario en ambas, así como un máster en historia en la New School de Nueva York como becario Fulbright. En la actualidad es becario del programa Mellon/American Council of Learned Societies.

Referencias

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