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Book Review Essays

Viviendo las minas

Author:

Rossana Barragán Romano

International Institute of Social History, NL
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Abstract

Este ensayo reseña los siguientes trabajos:

The Matter of Empire: Metaphysics and Mining in Colonial Peru. By Orlando Bentancor. Pittsburgh: University of Pittsburgh Press, 2017. Pp. ix + 416. $55.00 hardcover. ISBN: 9780822944607.

 

Mining Language: Racial Thinking, Indigenous Knowledge, and Colonial Metallurgy in the Early Modern Iberian World. By Allison Margaret Bigelow. Chapel Hill: Omohundro Institute of Early American History and Culture and University of North Carolina Press, 2020. Pp. xvi + 376. $39.95 hardcover. ISBN: 9781469654386.

 

Living in Silverado: Secret Jews in the Silver Mining Towns of Colonial Mexico. By David M. Gitlitz. Albuquerque: University of New Mexico Press, 2019. Pp. xii + 432. $65.00 hardcover. ISBN: 9780826360793.

 

Potosí: The Silver City That Changed the World. By Kris Lane. Berkeley: University of California Press, 2019. Pp. ix + 272. $32.95 hardcover. ISBN: 9780520280847.

 

Urban Indians in a Silver City: Zacatecas, México, 1546–1810. By Dana Velasco Murillo. Stanford, CA: Stanford University Press, 2016. Pp. ix + 308. $65.00 hardcover. ISBN: 9780804796118.

 

Spectacular Wealth: The Festivals of Colonial South American Mining Towns. By Lisa Voigt. Austin: University of Texas Press, 2016. Pp. ix + 235. $29.95 paperback. ISBN: 9781477310977.

How to Cite: Barragán Romano, R. (2021). Viviendo las minas. Latin American Research Review, 56(3), 711–719. DOI: http://doi.org/10.25222/larr.1649
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  Published on 07 Sep 2021
 Accepted on 18 Mar 2021            Submitted on 08 Feb 2021

La minería no es un tema nuevo pero los libros reseñados aquí privilegian aspectos distintos a los que predominaban entre las décadas de 1970 y 1990, interesados, sobre todo, en la caracterización de las estructuras económicas alrededor de la explotación minera o en las luchas de los movimientos obreros. Los trabajos que comentamos, publicados entre el 2016 y el 2020, y escritos por investigadores de universidades norteamericanas, son distintos. Aunque están entretejidos por los filones de la minería, cada uno tiene su especificidad. Dada su propia diversidad, dividimos este ensayo en tres acápites.

En el primero, titulado los “contrapuntos de la ‘materia’”, se revisan los trabajos de Orlando Bentancor, Allison Bigelow y Lisa Voigt con sus aportes desde la historia de las ideas y la ciencia, y desde la crítica literaria. Se trata de tres de los seis libros que trabajan textos. Bentancor revisa de manera densa y detallada autores de los siglos XVI–XVII, analizando sus ideas y proyectos políticos, particularmente sobre la minería en Potosí. Bigelow busca los conocimientos sobre los distintos minerales, desde el Caribe hasta el Perú. Se mueve en temáticas y problemáticas que combinan arqueología, lingüística e historia de la tecnología imbuida por múltiples conocimientos. Finalmente, Voigt realiza un estudio comparativo de festividades tanto en sus obras escritas como en la intervención performativa del siglo XVIII en dos centros mineros: en Potosí, en el Imperio Español, y en Minas Gerais, en Vila Rica do Ouro Preto, en el Imperio Portugués.

En el segundo acápite me concentro en lo que significó buscarse la vida entre una mina y otra, o en dos sitios muy conocidos como Zacatecas y Potosí. Aquí se revisan los otros tres libros, de David Gitlitz, Dana Velasco y Kris Lane. Gitlitz, con algunos de sus capítulos que pueden leerse como novela, aborda el siglo XVI en búsqueda de la trayectoria de personas y familias con ancestros judíos en Nueva España. Habían llegado a la ciudad de México desde Portugal, moviéndose hacia distintos sitios mineros hasta su persecución por la Inquisición. Velasco y Lane, en cambio, nos presentan historias de larga duración, aunque la primera se centra en una problemática específica descuidada por la historiografía, la de los indígenas urbanos en la ciudad de Zacatecas, mientras que el segundo escribió una importante y atractiva síntesis basada en una amplia bibliografía incluyendo su propio trabajo de archivo, buscando narrar aspectos cotidianos pero también curiosos y exóticos en una de las urbes más grandes de su época.

Finalmente, se concluye con un apartado en que se reúnen algunas de las problemáticas, debates y preguntas alrededor de dos grandes tópicos: los “imperios” y los “subalternos”.

Contrapuntos de la “materia”: Textos, huellas y sentidos

La materia (matter) es el tema que preocupa a Bentancor y Bigelow aunque cada uno tiene su propia aproximación: en un caso las ideas filosóficas del imperio y la minería; en el otro, la tecnología y los conocimientos. Bigelow y Voigt comparten su preocupación por recuperar las huellas y sentidos de los/las actores/as subalternos.

El libro de Bentancor analiza los autores que escribieron sobre los principios filosóficos del Imperio Español debatiendo y justificando su presencia en las Indias, su rol, y el trabajo en las minas de Potosí. Gran parte de estas discusiones se centraron en la Universidad de Salamanca alrededor de los escritos y posiciones de Francisco de Vitoria, Juan Ginés de Sepúlveda (que defendió la guerra contra los indígenas) y Bartolomé de Las Casas. Se analiza también la ideología del círculo de Francisco de Toledo, Virrey del Perú, conocido por instaurar el sistema colonial (Carlos Sempat Assadourian). Se revisan también las posiciones en contra y a favor de la mita del famoso jurista Juan de Solórzano Pereira. Bentancor plantea que los españoles entendieron la minería a través de la metafísica que sostenía que el mundo natural estaba compuesto por material defectuoso a ser dominado y dirigido hacia un fin superior. Existiría, por tanto, una confluencia entre las ideas filosóficas basadas en el escolasticismo y las políticas y prácticas desplegadas para la minería en el Perú, particularmente en Potosí. La ciencia, la minería y la teoría política, estudiadas generalmente de manera separada, convergerían dando sustento a la empresa colonial.

Para Bentancor hay dos momentos: la etapa inicial de Vitoria, Sepúlveda y Las Casas; y la etapa más pragmática, de Acosta, Matienzo, Capoche y Toledo. Bentancor destaca en Vitoria su firme convicción sobre la incapacidad de los indígenas para gobernarse a sí mismos a pesar de reconocerles el dominio que tenían sobre sus tierras y la declaración de la Junta de Burgos de 1512 (convocada por el rey Fernando el Católico) que los declaró vasallos de la corona, prohibiendo su esclavitud (con excepción de variados casos). Los gobernantes, en cambio, eran considerados de inteligencia superior justificando su rol frente a los gobernados. El contrincante de Vitoria, Sepúlveda, desconocía la posesión de las tierras de parte de los indígenas resaltando su obediencia natural, como bárbaros que eran. Las Casas, en cambio, retomó la idea del dominio total que tuvieron los indígenas afirmando que lo único que podía justificar la presencia de los españoles era el consentimiento. Más allá de sus diferencias y la radicalidad de Las Casas, compartían la convicción de un orden natural, el principio de sometimiento de lo imperfecto a lo perfecto, la subordinación de las partes a un todo, y la convicción de que existía una causa final que se justificaba por el bien común (common good).

Acosta, Matienzo, Capoche y Toledo pusieron en práctica muchas de esas ideas justificándolas, aunque reconocieran también las injusticias y la crueldad del trabajo en las minas. Uno de los casos emblemáticos es Acosta, para quien el principio de subordinación de los indígenas legitimaba su servidumbre natural, denunciando, al mismo tiempo, las horrorosas condiciones existentes. Su descripción sobre el trabajo al interior de las minas, donde los trabajadores bajaban y subían por unas interminables escaleras con una vela atada al pulgar (“trabajan allá dentro —donde es perpetua oscuridad— sin saber poco ni mucho cuándo es de día ni cuándo es de noche”), dio lugar incluso, al famoso grabado sobre Potosí de los Bry.1 Sostuvo, paralelamente, que sin la explotación de la plata de Potosí, las Indias se perderían. Matienzo y otros representantes del círculo del virrey Toledo, por otra parte, abanderaron la posición de la tiranía de los incas que podía justificar mejor la servidumbre, obediencia y trabajo en las minas.

Juan de Solórzano, gran apologista del Imperio Español, representaría la convergencia de los intereses teóricos y prácticos, aceptando el trabajo tributario porque sin los metales no existiría ni reino temporal ni espiritual (Bentancor, 313). Los argumentos que recapituló, a favor, y en contra de la mita, retomarían los de Las Casas y Sepúlveda sobre el principio de subordinación de la población. Pero, además, Solórzano consideraba que se podían encontrar más minas porque se conceptualizaba que los metales se reproducían. Esta perspectiva sería también andina, de acuerdo a diversos trabajos, principalmente de la conocida antropóloga Olivia Harris. Bentancor expresa sin embargo su desacuerdo con las lecturas e interpretaciones como las de Mignolo que consideran lo andino como una reserva prístina de resistencia incontaminada.

La contribución de Allison Bigelow explora también la materia, pero en contrapunto a la historia intelectual de Bentancor. La autora presenta Mining Languages, como la primera monografía y estudio de los léxicos mineros (aunque se debe recordar el Diccionario de términos mineros de Langue y Salazar Soler de 1993).2 Su trabajo se organiza en cuatro partes (con un total de diez capítulos) siguiendo los elementos minerales que se asocian de alguna forma a cuatro regiones geográficas: el oro con la isla La Española y Cuba; el hierro con un uso diferencial para los indígenas, la ciencia ibérica y la civilización; el cobre con el mundo atlántico y La Florida; finalmente la plata con la industria indígena de México y los Andes. Aplicando una aproximación literaria al lenguaje de la minería de los siglos XVI y XVII, la autora considera que las divisiones entre historia, literatura o historia de las ciencias están entretejidas en el pensamiento racial, el conocimiento indígena y la metalurgia colonial.

Bigelow está convencida de que no se puede entender la historia de la plata sin la historia económica global pero tampoco sin los conocimientos metalúrgicos indígenas o africanos. Su concepción de la tecnología es verla como producto y proceso, como prácticas que transforman la materia y en las que se encuentran visiones sobre la naturaleza que se encarnaron en las prácticas coloniales. Se refiere, por ejemplo, a cómo en la acción de “coger oro” convergía una conceptualización de la minería en tanto cosecha agrícola, apropiación colonial y, simultáneamente, deseo sexual. Adicionalmente, analiza cómo las refinerías de oro en La Española retomaron la arquitectura de los taínos. Parte importante de su perspectiva es indagar, a través del análisis literario comparativo, cómo se fueron recontando las mismas historias en sus variantes y aquí el caso más interesante es el del conocido geógrafo Richard Hakluyt, que promocionó la expansión inglesa retraduciendo el trabajo de Hernando de Soto y Fidalgo d’Elvas, el que a su vez retransmitió la obra de Cabeza de Vaca (Bigelow, 193–197).

Una de las partes más notables es su tratamiento sobre la plata en los Andes, donde la expertise metalúrgica es considerada como la combinación entre los sistemas de conocimiento andino y español. Allison toma ejemplos desde las palabras como “catear”, que tendría raíces indígenas y no latinas, hasta el de “pepena” derivado del náhuatl ni-tlapepena, que significaba escoger lo mejor. Una parte para realzar es su planteamiento de que los vocabularios mineros nos hablan del color, la casta y la raza como sucedió con los metales conocidos como mulatos (cenicientos), negrillos y pacos (rojo, bermejo), aunque no conllevaban los valores sociales que tenían en el sistema colonial. Finalmente, a Bigelow le interesa develar cómo esos conocimientos se fueron borrando, a veces de manera consciente, como sucedió con el prestigioso Barón Von Born del Museo Nacional de Historia Natural de Viena y otros ilustrados, para quienes la amalgamación empezó a ser considerada una invención europea, desligándola de los siglos de aplicación y desarrollo en la minería americana.

El despliegue de riqueza y sentidos en las festividades es analizado comparativamente por Lisa Voigt en Potosí y en Vila Rica de Ouro Preto. Lejos de considerar que estos festivales representan la glorificación de los soberanos y la sumisión de los vasallos (como algunos autores plantearon), Voigt analiza sus textos de base y su ejecución (performances) buscando las propias intervenciones, lecturas y sentidos de los actores involucrados. Este es el libro más corto y puntual, pero igual de importante que el resto: tiene dos partes, cada una con dos capítulos. En la primera se analizan los “Textos” de Arzans Orsúa y Vela, y las del Triunfo Eucarístico y el Aureo Throno Episcopal; mientras que en la segunda se examinan los “Celebrantes”, los nativos de Potosí y los Afro Brasileros que llevaron su intervención hasta la imprenta. La autora considera que los festivales y las festividades públicas son parte de lo que James C. Scott denominó “the public transcript” en el que el relato hegemónico resulta interpelado por las relaciones de poder que impone, momentos en los cuales los grupos subalternos aprovechan para representar y recrear sus propios sentidos. No habría por tanto una historia unívoca, sino la posibilidad de múltiples lecturas.

Para el caso de Potosí, tanto la primera parte de “Textos” como la segunda de “Performances” se basan en descripciones, es decir en escritos, examinándose festividades en diferentes años y momentos históricos y para diversas ocasiones: Corpus Christi en 1608 (aquí Arzans describe sobre todo el juego de cañas y sortijas así como las invenciones, una especie de carros alegóricos), una fiesta de celebración de una iglesia jesuita en 1590, la entrada de los santos patrones en 1555, las representaciones de los incas de 1641 y 1624 o las exequias de Carlos V en 1559. Dada la importancia de las fiestas en Bolivia, tanto en el pasado como hoy, el tema no ha pasado desapercibido.3

Historias cortas e historias largas: Viviendo en las minas

Buscarse la vida es lo que han hechos miles de personas al cruzar mares por esperanzas, escapando muchas veces de determinadas condiciones. Los sitios mineros de oro y plata, los pueblos, los reales de minas, y las ciudades mineras fueron los lugares de mayor atracción, aunque no se tratase necesariamente de los más afamados porque en los pequeños se podía tener también suerte. El libro de David Gitlitz trata justamente de ese vivir en las minas, muchas veces en lugares menos conocidos. A diferencia de Dana Velasco o Kris Lane, que se asientan en un lugar preciso, Gitlitz sigue la migración y el itinerario de algunas familias de portugueses y españoles en algunos sitios mineros de Nueva España, todos ellos con ancestros judíos, analizando cómo vivieron y recrearon o no sus redes y su judaísmo.

El autor despliega una historia corta, de las últimas décadas del siglo XVI en dieciséis capítulos, porque después de ubicarlos en la “Raya de Portugal” y en su viaje a México, persigue a distintos personajes y lugares en Ayoteco, Tlalpujahua, Pachuca o la región de Taxco, para culminar con su destino frente a la Inquisición.

Algunos ejemplos ayudan a imaginarse la larga migración de los judíos. Gabriel de Castellanos recibió un documento de autorización para embarcarse, sin mencionarse que estaba entre las personas prohibidas de ingresar a América por su origen judío, mostrando más bien su limpieza de sangre. Se embarcó en 1534 en Sevilla, dirigiéndose a las islas Canarias hasta llegar luego a las Antillas, después de más de un mes rumbo a lo desconocido, mientras que tardaría otro mes hasta arribar a las costas de Nueva España. Instalado en la ciudad de México, Gabriel de Castellanos trabajó como profesor de escuela, lo que le permitió comprar un esclavo, adquiriendo, después de dos años, en 1536, una mina en Ayoteco. Uno de sus hijos, Tomás de Fonseca, compró una parte en otra mina, la de Pachuca, descubierta en 1552. Como no encontró fortuna, reencauzó su andar trasladándose hasta Tlapujahua en 1564 donde solicitó un repartimiento de seis indios para trabajar la veta. Logró complementar sus actividades granjeando cochinilla. Mucho más exitoso fue Tomás de Fonseca Castellanos, que se fue para Taxco, adquiriendo una mina y una importante tienda. En el mismo lugar, el judío confeso Jorge de Almeida adquirió una hacienda de beneficio muy renombrada, Cantarranas, que había pertenecido a Cortés y que tenía más de diecinueve construcciones donde vivían veintisiete residentes europeos, 217 indígenas y 176 esclavos. Si bien Almeida era dueño de minas con esclavos y otros trabajadores de repartimiento y naborías, fue sobre todo un tratante, un administrador y un inversor. Un perfil económico similar tenía Manuel de Lucena que adquirió una tienda en Pachuca cuyo giro era increíblemente variado, con sucursales en Real del Monte y en Tlaulipa, con bienes de Europa, Asia y América, desde ropa y almohadones de la China, botillas y zapatillas, hasta herramientas mineras.

Todos ellos fueron parte de un grupo claramente identificable por otros y por sí mismos. Fue posible ir construyendo una comunidad judía a partir de 1580 cuando la Inquisición se intensificó en Portugal y los portugueses/judíos empezaron a poblar el nuevo mundo. Los lugares de reunión fueron las casas en los poblados de minas, en la ciudad de México y en los largos caminos entre idas y venidas de un lugar a otro. Los más exitosos en términos económicos y sociales tuvieron mejor suerte frente a la Inquisición que arrestó y siguió juicios a varios de ellos, hombres y mujeres, siendo encarcelados, sus bienes incautados y en muchos casos ejecutados en la década de 1590.

Los trabajos de Dana Velasco y de Kris Lane son, en cambio, historias de larga duración. Velasco nos sitúa en una de las minas más conocidas de Nueva España, Zacatecas, desde 1546 hasta 1800. No le interesa el trabajo en las minas, ampliamente investigado, sino más bien la vida del 20 al 50 por ciento de la población de los indios urbanos de las comunidades indígenas que lograron mantener su propia etnicidad a través del tiempo. Sitúa a los indígenas en el siglo XVI en tanto trabajadores y pobladores-colonos (settlers), analizando cómo las cofradías los reunieron permitiéndoles su cohesión social. Más tarde, fundamentalmente en el siglo XVII (1600–1650), lograron convertir sus barrios en pueblos de indios, lo que les permitió tener sus propias autoridades. Finalmente, mientras se analizan los cambios y vicisitudes a los que se enfrentaron en el siglo XVIII como indios-vecinos, en la parte última del libro se sitúan las reformas borbónicas y, a fines del siglo XVIII, las políticas de disolución de los pueblos indígenas que los condujeron finalmente a la situación de barrios mestizos en el siglo XIX (conclusión).

Son los indígenas “vecinos” residentes de la ciudad los que interesan a Dana Velasco (11) quien plantea que la población urbana indígena incorporó una serie de prácticas españolas en su vida. En lugar de verlas como expresiones de erosión, las considera como parte de procesos que no conllevaron su aniquilación cultural. A principios del siglo XVII en Zacatecas-Pánuco, el 90 por ciento de la mano de obra era indígena mientras que el restante estaba constituido por esclavos (68). Fue en este periodo, entre 1609 y 1650, que se formaron pueblos indígenas con sus propias autoridades, alcaldes de cabildo y luego regidores. Ellos se identificaron como vecinos y criollos manteniendo el náhuatl como idioma predominante. Mucho después, en el siglo XVIII, empezó a darse un crecimiento de mestizos, mulatos y castas que sobrepasaron a los trabajadores indígenas debido a importantes transformaciones. Se dieron cambios en las prácticas laborales y en las condiciones de trabajo, con un descenso en los salarios reales, y con una disminución radical de la pepena o partido. Desaparecieron también las órdenes religiosas alrededor de las que se agrupaban las cofradías, y, no menos importante, el ritmo de las crisis mineras se hizo sentir. En 1790, los pueblos indígenas perdieron su particular estatus siendo anexados como parte de la ciudad integrando algunos de sus cuarteles. En 1832, finalmente, fueron incorporados como barrios mineros convirtiéndose paulatinamente en barrios mestizos.

No menos conocido es Potosí, que llevó a Kris Lane a escribir también una historia de larga duración (1545 a 1825) en la que se revive una de las ciudades mineras más importantes, que fue, a su vez, una urbanización global temprana.4 El autor no se enfoca en una problemática precisa sino más bien en diferentes facetas a través del tiempo. Siete capítulos recorren, desde el descubrimiento del cerro rico, en 1545, hasta 1800, con un epílogo en el que resume, en cinco páginas, desde 1808–1825 hasta el 2018, con el objetivo de mostrar la increíble permanencia de su explotación hasta el día de hoy. Mayor espacio y lugar ocupa el periodo más temprano ya que la mitad de los capítulos (1 a 4) cubren alrededor de cincuenta años, es decir desde 1545 hasta 1600, mientras que la decadencia y calamidades del siglo XVII, se abordan en el capítulo 5, y los cambios del siglo XVIII se desarrollan en los subsiguientes (6 y 7). El libro busca ser una historia concisa de Potosí y no cabe duda que su autor lo logra: es y será una referencia ineludible porque permite acercarse no solo a las minas, sino a la vida en la ciudad de Potosí a través de varios siglos. El autor ha buscado además una narración que cautiva a su lector.

La particularidad de Potosí, remarcada por autores como Carlos Sempat Assadourian o Peter Bakewell es que la explotación de plata empezó con un gran control de la producción, fundición y apropiación de plata por parte de la población indígena.5 Fue la “edad del viento”, hermosamente denominada por Lane, en la que el autor evoca los hornos de las huayrachinas avivados constantemente con los vientos de las altas montañas. Potosí se convertiría en una ciudad de una gran diversidad de mercaderías de procedencia múltiple, desde sitios cercanos y locales, vendidos por mujeres indígenas, hasta muy lejanos, desde la península hasta China. El autor se refiere también a la maquinaria del virrey Toledo que logró combinar el flujo constante de mano de obra, de más de 13.5000 mitayos cada año y a la construcción de reservorios de agua, ingenios y molinos para la introducción de la amalgamación, todo lo cual cambiaría el escenario económico incluyendo la participación indígena inicial. A partir de entonces, la ciudad vivió con el ruido de las almadenetas resquebrajando los minerales pero también con los vapores del mercurio y los polvos del cerro y los ingenios.

La ciudad de Potosí es revivida en el capítulo 4, uno de los más diversos e interesantes, abordando desde la existencia de enfermedades como la sífilis, la amplia prostitución y el sistema de autoridades, la llegada de los esclavos, las festividades y el enfrentamiento de los vascos y vicuñas. El paso de Catalina De Erauso entre 1617 y 1619 es particularmente interesante. Fue una mujer vasca que escapó de un convento, se vestía de hombre, y se encontró por lo menos un par de veces conduciendo caravanas de llamas hacia distintos lugares, terminando su vida como conductora de mulas en Potosí. Su historia nos recuerda la de don Antonio Yta que era en realidad María Yta analizada por el añorado bolivianista Thomas Abercrombie.6 La transgresión y la relación sexo/género son planteados tanto por Antonio Yta como por Catalina De Erauso.

Lane narra también las calamidades que marcaron la vida de los potosinos como la inundación de 1622 y el escándalo del fraude y la corrupción en la Casa de la Moneda, que tuvo consecuencias mundiales. La decadencia de Potosí coincidió sin embargo con una de las fortunas más legendarias, de Antonio López de Quiroga, que la conocimos gracias a Peter Bakewell. Finalmente, el autor analiza el renacimiento potosino a partir de una serie de reformas en el siglo XVIII temprano, mientras que las de fines del mismo siglo demostraron ser más bien ineficaces, con una crisis que se entrelazaría ya con los primeros movimientos juntistas y el proceso hacia la independencia. Se trata, por tanto, de un recorrido cuidadoso y complejo de lo que sucedió en Potosí, por lo que cabe preguntarse si Kris Lane nos ha mostrado más cómo el mundo cambió la vida en Potosí y no tanto cómo Potosí cambió la vida del mundo.

Entre “imperios” y “subalternos”

“Imperio” se encuentra en el título de uno de los libros y no es un término sin conflictos. Anthony Pagden afirmó que el Imperio Español nunca existió.7 Más allá de los denominativos, se debate el tipo de organización política que hubo y aquí nos interesa referirnos brevemente a esa discusión para situar varios de los trabajos aquí presentados y poner bajo análisis el tema de las autonomías y las especificidades de los/las trabajadores en las minas.

La disputa sobre la palabra “Imperio” tiene que ver con las reflexiones sobre los gobiernos del periodo temprano en Europa, denominados como estados o monarquías compuestas, es decir integrados por varios territorios continuos o no, en una diversidad de situaciones pero bajo un solo soberano, subrayando la importancia de analizar el sistema de relaciones entre distintos lugares, Coronas y élites locales.8 En la conceptualización de las monarquías compuestas se planteó también la existencia de núcleos y varias periferias, perspectiva que sin embargo ha sido también cuestionada. De ahí que ha surgido el concepto de monarquías policéntricas, con centros de poder semiautónomos, conflictos y mediaciones.9 Lo que interesa subrayar es que ese cuestionamiento a la organización y funcionamiento del sistema ha reforzado la afirmación de la inexistencia de colonias en términos jurídicos, perspectiva que retornó a finales del siglo XX particularmente en los estudios sobre las independencias latinoamericanas.

El énfasis en los relacionamientos y realidades políticas pone de relieve los grados de autonomía de diversos territorios que no deberían oscurecer el poder de las autoridades o las cadenas de interrelaciones de sujeción. Los libros aquí reseñados permiten justamente revivir esas experiencias. El libro de Bentancor es claro: demuestra que uno de los principios más importantes consistía en que los metales logrados en “la industria” permitían la existencia del poder espiritual y temporal de los reinos “divididos por el Océano” (303), sin importar el reconocimiento y las frecuentes y detalladas descripciones que se hicieron sobre la dureza del trabajo minero, como las de Capoche o Solórzano. Más allá de las diferencias entre autores y del consenso de que los indios no pudieran ser esclavizados, Bentancor revela que se los consideraba, al mismo tiempo, como “sirvientes naturales” (natural servants) sujetos a obediencia y a una subordinación natural. Muestra, igualmente, la existencia de un principio fundamental de jerarquía y diferenciación basada en la identificación de bárbaros, con menor inteligencia, incapaces de gobernarse a sí mismos y por tanto más aptos para el duro trabajo de las minas. De ahí que resulta importante indagar más en la comparación entre esclavitud, servidumbre natural y diferencias entre bárbaros tanto en los planteamientos más teóricos como en las políticas desplegadas y sus realidades, pero por sobre todo analizar las visiones sobre los grupos campesinos, siervos y clases populares en diversos territorios, incluyendo la península ibérica y otros espacios europeos. La comparación permitiría acercarse a las distintas sociedades en su estructuración social y/o étnica, a sus especificidades, pero también a sus rasgos compartidos, lo que enriquecería las discusiones sobre las complejas articulaciones de los territorios.

La compulsión laboral (mita) justificada y legitimada en nombre del bien común y del bien universal, como he analizado en mi propio trabajo sobre Potosí, coincide con el énfasis de Bentancor en el “common good”. Es importante recordarlo porque estuvo presente en los debates sobre la mita de finales del siglo XVII y finales del siglo XVIII. Fueron los indígenas como vasallos libres de la Corona, pero considerados los “pies de la República”, los que debían trabajar, en las minas, por ejemplo. Por otra parte, el “salario” fue fundamental para diferenciar el criticado “servicio personal” entregado gratuitamente a los encomenderos, legitimando así el trabajo indígena “tributario” y compulsivo.10 Se trate de Zacatecas o de Potosí, la mano de obra de las minas de plata estuvo conformada en su gran mayoría por indígenas siendo la mano de obra esclava o mestiza cuantitativamente mucho menor. Pero lo más importante es que la especificidad colonial se caracterizaría por la casi nula presencia de trabajadores provenientes de la península ibérica en las labores más duras y en condiciones similares a los indígenas, tanto en la extracción al interior de las montañas o en superficie, como en los procesos de amalgamación y beneficio en las minas en la América hispánica.

Los libros reseñados permiten constatar la diversidad de situaciones y trabajadores. Desde mi propia experiencia de investigación sobre Potosí, tres temas necesitan mayor análisis: la interrelación de posiciones y situaciones laborales, como la de los mitayos que tenían una semana obligatoria en la mina o en el ingenio, mientras que otras semanas podían ser mingas o jornaleros; la responsabilidad de las autoridades indígenas en la entrega de energía laboral y la importancia de los k’ajchas y trapicheros a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII porque lograron producir del 35 al 50 por ciento de la plata vendida al Banco de Rescates, lo que transforma nuestra visión sobre los azogueros, los k’ajchas, trapicheros, rescatistas y la producción del Potosí colonial tardío.

En estrecha relación con lo que se acaba de plantear, son necesarias mayores investigaciones sobre la coexistencia de trabajadores heterogéneos lado a lado: sus relaciones, conflictos y pactos entre ellos, posibilidades de negociación con los intermediarios, mayordomos, o dueños de las empresas. De igual manera, el mercadeo, trajín y rescate de los metales en pequeña escala, a través de diversas modalidades, aparecen como temas pendientes. Permiten no solo la vida de muchos de los que pusieron sus esperanzas en las minas como los propios portugueses judíos en la historia de Gitlitz, pero también los emprendimientos realizados por los indígenas en el propio Zacatecas y en Potosí.

Las huellas de los subalternos constituyen otro tema de preocupación en estos libros. Bigelow y Voigt plantean, de manera muy clara, el leer, recuperar y encontrar las trazas de los subalternos, hombres y mujeres, pero también los sentidos que pudieron dar a determinados eventos que muchas veces debían marcar más bien su dominación. Bigelow repiensa los propios materiales brutos, los saberes y la tecnología minera. Voigt, en cambio, busca en las intervenciones de grupos indígenas y afros en las festividades religiosas o cívicas de la monarquía, su propia agenda y despliegue. Ambas autoras me recordaron la obra pionera y fundamental de Teresa Gisbert con su libro Iconografía,11 porque fue ella quien introdujo toda una corriente para mirar y analizar las huellas indígenas, que vuelvo a reencontrar en estos trabajos.

Velasco es parte también de esa preocupación porque plantea que la presencia indígena, conformada a partir de sucesivas migraciones de grupos distintos, logró cohesionarse en procesos de etnogénesis constantes incorporando organizaciones y estructuras no indígenas como las cofradías, los barrios y la participación cívica en la ciudad. Se aleja, sin embargo, del concepto de mestizaje porque no da cuenta adecuada de los procesos de cambios y persistencias. El trabajo de Gitlitz permite pensar cómo una religión e identidad judía puede tener grados, permanecer, reactivarse y recrearse en torno a determinadas actividades y celebraciones, incluso aminoradas en relación a las que podían darse en entornos libres y permisivos. Voigt, por su parte, prefiere analizar las negociaciones estratégicas que se dieron en las festividades antes que considerarlas como subversiones carnavalescas.

Todas estas historias nos enfrentan a cambios, resultados de imposiciones o no, a creaciones e invenciones. El término “subalterno” puede sin embargo unificar actores muy heterogéneos y en posiciones y situaciones distintas, desde los indígenas mitayos de Potosí hasta los judíos de Nuevo México. Considero, personalmente, que la vida cotidiana laboral permite precisamente establecer diferencias en lo que muchas veces aparecen como bloques monolíticos.

Felizmente, los autores han escapado de los términos de mestizaje e hibridez. El primero, muy conocido, que denota la mezcla, la fusión, el sincretismo o la confluencia, tiene una larga historia y es un concepto políticamente utilizado que al final poco dice. El segundo, a pesar del libro de García Canclini de ingreso a la modernidad, es frecuentemente criticado porque la metáfora describe el entrecruzamiento entre especies que producen esterilidad.12 En Estados Unidos, sobre todo, el término hibridez se hizo parte del léxico académico postcolonial y según el interesante artículo de Dean y Leibsohn permitiría introducir análisis de poder.13

La compleja historia de transformaciones y cambios puede atribuirse a la convivencia y acercamiento de grupos distintos como se dio en ciudades con actores diversos y heterogéneos, aunque esa misma interrelación también puede crear y fortalecer las diferencias, como en el caso de Zacatecas.

No hay duda que cada uno de los relatos que revisamos son apasionantes aunque vivir las minas a principios del siglo XVI o ahora, en pleno siglo XXI, no es fácil: es coexistir con sus cortas bonanzas de ilusiones y sus amplias pobrezas de larga duración, con movilizaciones/inmovilizaciones de hombres y mujeres, con tecnologías y conocimientos que desafían, pero que también taladran. Es ser parte de imposiciones y negociaciones, de convivir compartiendo sueños, luchas y locuras con sus ritmos y religiosidades. En centros y ciudades mineras, un tema pendiente es sin duda el análisis de las interrelaciones e interacciones porque ni las élites ni los grupos subalternos son entidades homogéneas y monolíticas, sino que sus integrantes, hombres y mujeres, vivieron en constantes imbricaciones entramadas. Hoy por hoy resulta una aproximación fundamental para una mejor comprensión de las sociedades coloniales.

Notas

1Rossana Barragán, Potosí global: Viajando con sus primeras imágenes (1550–1650) (La Paz: Plural, 2019). 

2Frédérique Langue y Carmen Salazar Soler, Diccionario de términos mineros para la América española (siglos XVI–XIX) (Paris: Editions Recherche sur les Civilisations, 1993). 

3Teresa Gisbert, La fiesta en el tiempo (La Paz: Unión Latina, 2007); La fiesta, Memoria del IV Encuentro Internacional sobre Barroco (Pamplona: Fundación Visión Cultural/Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2011, edición digital a partir de La Paz, Unión Latina, 2007); Leonardo García Pabón, “Indios, criollos, fiesta barroca en la Historia de Potosí de Bartolomé Arzáns”, Revista Iberoamericana 61, no. 172–173 (1995): 423–439. Para teatro y comedias ver Laura Paz Rescala, particularmente “Bases para una investigación sobre el teatro virreinal peruano del siglo XVI: La villa imperial de Potosí”, in “Docendo discimus”, ed. Ignacio D. Arellano-Torres, Carlos Mata Induráin y Sara Santa Aguilar, Actas del VII Congreso Internacional Jóvenes Investigadores Siglo de Oro (JISO 2017) (Pamplona: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2018). 

4Uno de los pocos libros sobre la ciudad de Potosí corresponde a Ximena Medinaceli, Andrés Eichmann y Marcela Inch, La construcción de lo urbano en Potosí y La Plata (siglos XVI–XVII) (Sucre: Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, 2008). 

5Peter Bakewell, Miners of the Red Mountain: Indian Labor in Potosí, 1545–1650 (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1984); Carlos Sempat Assadourian, El sistema de la economía colonial. Mercado interno, regiones y espacio económico (Lima: Instituto de Estudios Peruano, 1982). 

6Thomas A. Abercrombie, Passing to America: Antonio (née María) Yta’s Transgressive, Transatlantic Life in the Twilight of the Spanish Empire (University Park: Pennsylvania State University Press, 2019). 

7Anthony Pagden, Spanish Imperialism and the Political Imagination: Studies in European and Spanish-American Social and Political Theory, 1513–1830 (New Haven: CT: Yale University Press, 1990). 

8John Elliot, “Iberian Empires”, en Oxford Handbook of Early Modern European History, 1350–1750, ed. Hamish Scott (New York: Oxford University Press, 2105), 2:20. 

9Manuel Herrero Sánchez, “Spanish Theories of Empire: A Catholic and Polycentric Monarchy”, en A Companion to Early Modern Spanish Imperial Political and Social Thought, ed. Jörg Alejandro Tellkamp (Leiden: Brill, 2020), 26; and Tellkamp, “Introduction”, in A Companion, 1–2. 

10Rossana Barragán, “El ‘bien público’ del trabajo compulsivo en entredicho: Contrapuntos de voces y acciones en Potosí (siglos XVII–XVIII),” en Trabajos y trabajadores en América Latina (siglos XVI–XIX), ed. Rossana Barragán (La Paz: CIS); y Barragán, “Wages: Personal Service, Mixed Remunerations of Unfree and Free Workers and Struggles for In/Dependence in the Mines in Spanish America”, ponencia en WORK Conference, 16–19 de septiembre de 2020. 

11Teresa Gisbert, Iconografía y mitos indígenas en el arte (La Paz: Editorial Gisbert, 1980). 

12Néstor García Canclini, Culturas híbridas: Estrategias para entrar y salir de la modernidad (México: Grijalbo, 1990). 

13Carolyn Dean y Dana Leibsohn, “Hybridity and Its Discontents: Considering Visual Culture in Colonial Spanish America”, Colonial Latin American Review 12, no. 1 (2003): 5–35. 

Sobre la autora

Rossana Barragán Romano trabaja como investigadora en el Instituto Internacional de Historia Social. Es doctorada en historia de la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de Paris. Fue profesora de la carrera de historia de la Universidad Mayor de San Andrés y directora del Archivo de La Paz durante seis años. Sus áreas de investigación son la historia social, las dinámicas indígenas/étnicas y laborales; la historia urbana y la historia de la minería de Potosí. Entre sus libros se puede mencionar Espacio urbano y dinámica étnica (1990); Indios, mujeres y ciudadanos en el siglo XIX (1999); y Potosí Global: Viajando con sus primeras imágenes (2019). Gran parte de sus trabajos se encuentran online en Academia.edu. Recientemente compiló y editó el libro Trabajos y trabajadores en América Latina (siglos XVI–XXI) (2019) y ha publicado varios artículos sobre Potosí como “Working Silver for the World: Mining Labor and Popular Economy in Colonial Potosi” (2017). Actualmente está terminando de escribir su libro sobre Potosí.