Just as a boxer requires elbow room for his punch, so a writer requires the illusion of choice.

  —Viktor Shklovsky, About the Freedom of Art (1977, 49).

El boxeo moderno es la domesticación del conflicto mediante la reglamentación del enfrentamiento uno a uno de dos individuos en condiciones de supuesta equidad. No obstante que constantemente se ponga en duda su legitimidad, generalmente por cuestiones ajenas a él, su finalidad expresa es la destrucción misma del cuerpo. A diferencia de otros deportes, en el boxeo la violencia no se disfraza y apenas se minimiza con prótesis que atenúan los golpes, es el único deporte en el que la sangre es aprovechada como una ventaja. Como disciplina corporal el boxeo cultiva un cuerpo que está destinado a su propia aniquilación, es una tecnología de la autodestrucción. Mientras que todo lo exterior al combate tiende a ser manipulado, el enfrentamiento entre dos contrincantes es totalmente real. En él se presentan las ambivalencias y contradicciones de la sociedad moderna, la lucha constante de la moderación versus la exuberancia. Por otra parte, la lógica del mercado convierte al boxeo en uno de los espectáculos de masas más lucrativos, el cual genera imaginarios nacionales, mueve pasiones colectivas, crea una sub-economía de la ilegalidad y es a la vez un botín político. El boxeo es también una tecnología de género, como explica Joyce Carol Oates (1987, 71–73): “Boxing is a purely masculine activity and it inhabits a purely masculine world. […] In this world, strength of a certain kind—matched of course with intelligence and tirelessly developed skills—determines masculinity.” Desde su reglamentación el boxeo generó instituciones, prácticas y discursos que ayudaron a imponer las formas de representación de la masculinidad moderna.

En este ensayo analizo tres crónicas boxísticas que recorren el siglo XX mexicano, la primera es “La última gigantomaquia,” de José Juan Tablada, publicada el 15 de abril de 1923 en el periódico Excélsior. En ella Tablada escribe sobre el encuentro entre el argentino Luis Ángel Firpo contra el estadounidense Bill Brennan, realizado en el Madison Square Garden de Nueva York el 12 de marzo de 1923. La segunda crónica es “Las glorias del gran Púas,” de Ricardo Garibay. En 1978 Grijalbo Editores contrató a Garibay para entrevistar y escribir la biografía de Rubén Olivares de lo que resultó esta crónica. Finalmente, “La hora del consumo de los orgullos,” de Carlos Monsiváis, forma parte del libro Los rituales del caos, México 1995. En ella se narra la pelea entre el mexicano Julio César Chávez contra el norteamericano Greg Haugen, realizada en el Estadio Azteca el 20 de febrero de 1991. Estas tres crónicas presentan un arco temporal que abarca el siglo XX en donde el boxeo se ha mantenido como una de las prácticas deportivas más populares. A través de ellas se puede observar que, en primer lugar, el boxeo ha sido un espacio en el que se han desarrollado luchas de orden simbólico nacional y transnacional. En segundo lugar, el boxeo como industria fue uno de los sitios donde se experimentaron las prácticas y condiciones a las que se enfrentará el sujeto dentro del capitalismo global. Por último, la figura del boxeador ha servido para representar los anhelos y quiebres de diversos proyectos políticos. En otras palabras, propongo que la crónica boxística muestra la relación, casi natural, que se generó desde el inicio entre deporte, periodismo y política, construcción identitaria colectiva, nacionalismo deportivo y mercado.

El deporte moderno surgió en el siglo XIX en Inglaterra como un mecanismo pedagógico y disciplinario de los sujetos, así como de preparación para la vida empresarial de las clases altas (Elias 1992; Alabarces 1998). En Vigilar y castigar Michel Foucault (2004, 130–150) clasifica las técnicas disciplinarias en tres grandes grupos; el arte de las distribuciones, el control de la actividad y la organización de la génesis. Debra Shogan (1999, 19) señala que estos conceptos “map very well onto sport, thus illustrating that the classificatory and controlling impulses of modern power are also central to high-performance sport.” De esta forma propone que debemos entender el deporte moderno como otro más de los aparatos disciplinarios, puesto que codificó diversas competencias físicas que se venían practicando desde la antigüedad, como el fútbol, el rugby y el boxeo, a las que dotó de normas civiles en torno a su práctica, el espacio y el tiempo y, se puede agregar, de un sentido laico y capitalista. Las características que adquiere el deporte moderno son la secularización, la idea de igualdad de oportunidades para competir, la burocratización, la especialización, la racionalización, la cuantificación y la obsesión con los records. Como en la organización laboral taylorista el deporte implica un proceso de disciplina y mecanización de los sujetos, además de una nueva relación espacio-tiempo (Brohm 1989, 176). Por otra parte, el desarrollo y popularización del deporte acompañó al proceso de imperialismo y colonización económica implementado en el siglo XIX como parte de la consolidación de mercados mundiales, así como al proceso de mundialización del capitalismo. El deporte fue un elemento capaz de establecer lazos de pertenencia de clase, ya que presenta una jerarquía de exclusividad, pero a la vez un ideal democrático, puesto que no elimina la posibilidad de ascenso social (Hobsbawm 1991, 152). En la modernidad el deporte es uno de los medios más sutiles para disciplinar a los individuos.

El boxeo fue una de las primeras competencias físicas codificadas en Inglaterra. No obstante la existencia de reglamentaciones anteriores, en 1886 se comenzó a utilizar el reglamento del Marqués de Queensberry, que sentó las bases para su práctica moderna. Entre otras cosas, se estableció el uso obligatorio de guantes, la división en categorías basadas en el peso, que cada asalto constaría de tres minutos por uno de descanso, la cuenta de diez segundos al boxeador caído y la prohibición de tomar bebidas alcohólicas durante el encuentro, empujar, patear y abrazar al contrincante; anteriormente ya se había regulado el uso obligatorio del cuadrilátero para prevenir la intervención del público, así como el deber del boxeador de retirarse a una esquina neutral en caso de caída del contrincante (Boddy 2008, 91–95). La popularidad que el boxeo reglamentado adquirió hizo que rápidamente se popularizara en todos los países con influencia inglesa.

En México el deporte representó un impulso de imitación de las prácticas deportivas inglesas y norteamericanas por parte de las clases altas locales. Durante el porfiriato existió la necesidad de adoptar actividades y actitudes que crearan la idea de igualdad con las naciones modernas, “turning to these attitudes we can find them instrumental in the changing attitudes toward bullfighting, the rise of baseball and horse racing, interest in boxing, and the fascination with bicycling” (Beezley 1987, 14). Los primeros gimnasios que abrieron fueron el de la Escuela de Minería, el del Hospital de Terceros,1 el Club Olímpico Mexicano y la Academia Metropolitana. El objetivo era “enseñar a estos nuevos deportistas a cuidar su apariencia. Para los jóvenes practicantes era el complemento de la moral que adquirían en los liceos” (Maldonado y Zamora 2000, 15). Luego de la Revolución Mexicana (1910–1921) comenzó el proceso de profesionalización, con ello se perdió el carácter formativo con que se enseñaba a la vez que se comenzó a crear un público masivo. Las primeras arenas fueron montadas en cines o frontones, como el Palatino o el Salón Rojo, y posteriormente se crearon la Arena Nacional y la Arena Coliseo. Durante estos años la presencia de boxeadores extranjeros ayudó a consolidar su popularidad entre el público. Como señala Richard McGehee (1996, 20), “The presence of foreign boxers in Mexico and newspapers coverage of their activities, both in and outside Mexico, along with slowly diminishing violence in the nation and the concomitant increasing level of sport activity during the 1920s, were important factors in the rise of boxing in Mexico.” Entre otros boxeadores que visitaron el país estuvieron los norteamericanos Jack Johnson y Jack Dempsey, el argentino Luis Ángel Firpo y el canadiense Sam Langford.

La prensa deportiva es producto del desarrollo de los medios de comunicación modernos, sin embargo, al inicio “sport was very marginal to the news agenda of the respectable press of the eighteenth and nineteenth century. [Even the most expensive journals] could not find room for urban recreations” (Boyle 2009, 21). A finales del siglo XIX en los periódicos mexicanos la información deportiva se incluía como notas aisladas o información curiosa. A partir de la segunda década del siglo XX la creciente popularidad que experimentó llevó a que el periodismo deportivo se independizara y formara revistas como Toros y Deportes, Artes y Deportes y La Afición, el primer diario deportivo de México, y posteriormente Esto. En ellos la crónica deportiva no sólo reportó eventos, también fomentó una idea de nacionalismo deportivo, moldeó el gusto del público aficionado, creó ídolos populares, impuso una estética literaria y una gramática visual. Entre los principales cronistas deportivos se pueden destacar a Carlos Quirós (Monosabio), Mario Fernández (Don Facundo), Alejandro Aguilar Reyes (Fray Nano), Pedro (El Mago) Septién, José Octavio Cano, así como colaboraciones de los escritores Renato Leduc, Efraín Huerta, Luis Spota y Salvador Novo, entre otros. La crónica deportiva ha moldeado el gusto literario de varias generaciones de lectores a los que poco o nada les interesan los temas de política local o mundial, cultura o espectáculos. No obstante su popularidad ha existido una carencia de proyectos editoriales sobre este tema.

De lo regional a lo global

Ante la carencia de una historiografía del boxeo en México, se puede decir que José Juan Tablada fue uno de los primeros aficionados y escritores que se fijaron en esta práctica. No obstante que durante el porfiriato estuvo prohibido, Tablada participó en la organización del que muchos consideran el primer match profesional llevado a cabo en la Ciudad de México, el 17 de noviembre de 1905, entre Fernando Colín y Salvador Esperón.2 Dieciocho años más tarde de su incursión en el cuadrilátero, desde su exilio neoyorquino,3 en 1923 Tablada publicó en su columna semanal del Excélsior la crónica “La última gigantomaquia,”4 en ella narra el encuentro entre el púgil argentino Luis Ángel Firpo y el estadounidense Bill Brennan, en el Madison Square Garden. Como en toda su crónica neoyorquina, Tablada usa esta pelea para informar a su lector en México sobre los últimos acontecimientos que pasan en Nueva York, los eventos y las personalidades del momento, los cambios sociales que se daban en la ciudad, las modas y tendencias que había, en suma son un espacio en donde se conjugan la alta cultura con la cultura popular estadounidense de los llamados Roaring Twenties.

La literatura sobre boxeo nunca refiere solamente al deporte, es también un espacio en el que se exploran las pasiones humanas, se crean afectos, solidaridades y odios, a la vez que es una arena política (Woodward 2012, 493). Más allá de la función informativa y de reflexión social, Tablada usa el evento deportivo para posicionarse políticamente y, desde la distancia, reforzar un sistema de alianzas regional. Como explica Arcadio Díaz Quiñones (2006, 29), “Alianza implica la capacidad de negociación y un complejo juego de espejos, pero también —y eso es algo que se olvida frecuentemente— de resistencias abiertas o solapadas.”

Si la esencia del deporte es el anhelo por alcanzar la superioridad ante el contrincante, esta misma dinámica la emplea Tablada al confeccionar la crónica “La última gigantomaquia” (1923), comienza:

Mientras México honra el pensamiento argentino en la persona ilustre de Alfredo Palacios, cuyo mensaje de fraternidad latinoamericana responde tan justamente al anhelo de una patria mayor, cada vez más firme en el pensamiento y en el corazón de la humanidad presente, aquí en Nueva York se habla también de la Argentina, aunque por motivos diversos, como lo veréis. […] Se trata nada menos que de Luis Ángel Firpo, el pugilista argentino, cuyos rápidos y progresivos triunfos han llegado hasta amenazar la gloria del campeón del mundo, del invencible púgil Jack Dempsey.

La crónica se confecciona como un sistema de contraposiciones ideológicas, donde los boxeadores representan simbólicamente América Latina y Estados Unidos (Reynolds 2012, 46–47). En esta contraposición Norte-Sur la mención del “ilustre Alfredo Palacios” no es fortuita, refiere al viaje que el político argentino realizó a México en 1923, el cual fue ampliamente cubierto por la prensa nacional (Yankelevich 1996, 127–149). Luego de una estancia en Argentina, José Vasconcelos, amigo íntimo de Tablada, propuso a Palacios visitar el país para que diera cuenta de los avances que la Revolución Mexicana estaba logrando. Durante su viaje Palacios expuso la necesidad de crear un latinoamericanismo que combatiera el panamericanismo norteamericano, el cual veía como una forma de imperialismo. Además, resaltó el papel que en ello había y debía seguir jugando México. Sin hacerlo explícito, desde Nueva York, metáfora del capitalismo norteamericano, simbólicamente Tablada refuerza su alianza con el proyecto posrevolucionario, que celebra a Palacios, a la vez que se posiciona dentro de un nosotros latinoamericano, cundo más adelante también pide perdón a [Leopoldo] Lugones y a [José] Ingenieros, en franca oposición a un ellos estadounidense. Tablada reforzará esta alianza latinoamericanista colaborando con intelectuales de la región, como Lugones quien en 1918 escribió la introducción al libro de poemas de Talada Al sol y bajo la luna, o enviando sus crónicas neoyorquinas a diferentes diarios y revistas de toda la región, específicamente “La última gigantomaquia” fue publicada en el Heraldo de Cuba (Mata 2011). Es por ello que le es importante mostrar su posición política, su solidaridad y apego a los proyectos regionales, así como su abierta oposición a las políticas imperialistas norteamericanas. Este gesto resulta importante ya que Tablada eligió vivir en Nueva York, y desde allí realizar un trabajo de promoción de la cultura mexicana, en lugar de trabajar en el servicio exterior mexicano en Sudamérica.

En la tradición literaria estadounidense el boxeo ha tenido dos funciones: promover los discursos del poder o, por el contrario, como espacio de subversión (Klinbubpa 2006, 22). El boxeador de peso completo representa la máxima manifestación de masculinidad, el cuerpo superdotado que se impone a cualquier contrincante; a través del tiempo la figura del Heavyweight Champion ha llegado a constituirse como mito fundacional. En este contexto entiendo al boxeador de peso completo como un mito fundacional estadounidense en la línea de las historias del género rags-to-riches, que a finales del siglo XIX e inicios del XX Horatio Alger popularizó. Este género literario perpetuó la idea del American dream basada en el trabajo personal, ético y constante de un hombre, preferentemente blanco, de clase baja que, por sus propios méritos, logra el éxito y la riqueza, el self-made man. Las novelas de Alger vendieron más de cincuenta millones de copias. En este sentido el boxeador cumple con todos los requisitos para ser una de las mitologías de Alger (Seelye 1965, 749–56). A finales del siglo XIX ya sin territorios que conquistar, sin indígenas que aniquilar, el boxeador de peso completo emula la figura del antiguo cowboy como un hombre sereno, rutinario, disciplinado, trabajador, que vive en contacto con la naturaleza —por eso entrena en el campo antes de una pelea importante—, que vive de su fuerza física y a la vez tiene todos los recursos para sobrevivir en la sociedad urbana moderna. En Estados Unidos la popularización del boxeo coincidió con la implementación de las leyes de Jim Crow, las que entre 1877 y 1950 legalizaron la segregación racial, limitaron la movilidad social y promovieron la idea de superioridad racial anglosajona. El boxeo promovió el discurso oficial de segregacionista donde, no obstante la existencia de boxeadores afroamericanos, la representación máxima de masculinidad y nacionalismo deportivo tenía que ser un hombre blanco, como Bill Brenan el contrincante de Firpo, o en su defecto europeo (Boddy 2008, 207–256). Cuando en 1909 Jack Johnson se coronó como el primer boxeador afroamericano campeón mundial de peso completo provocó disturbios y motines en diferentes ciudades del país. La subversión del pacto social deportivo llevó a la búsqueda de un nuevo campeón bajo el mote del Great White Hope, genealogía en la que se inscribirán tanto Brenan, el contrincante de Firpo, como el campeón Jack Dempsey, al que Tablada refiere durante toda la crónica.

Como parte de la industria del espectáculo, el boxeo profesional ha capitalizado las diferencias nacionales y culturales en aras de la ganancia. Tablada identifica que la confrontación simbólica se da también dentro del plano racial, escribe:

De todo podría consolarse este pueblo menos de que el Campeonato Mundial de Box pasara a manos extrañas, y mucho menos de otra raza que no fuera la sajona, y mucho más aún si ese extraño fuese sudamericano. […] El espíritu norteamericano no se habría dignado ni siquiera considerar la posibilidad de que un pugilista procedente del extremo sur de América viniese a Nueva York a desafiar y a vencer campeones y aun poner en jaque la propia majestad del Campeón Mundial del Box, Jack Dempsey, como lo ha hecho Luis Ángel Firpo, el argentino, de manera concluyente, contundente y aun fulminante! (Tablada 1923, 4)

La posibilidad de que Firpo venza al Great White Hope y se corone como campeón mundial de peso completo implicaría otro momento de quiebre del discurso racialista. La arena deportiva es el espacio que posibilita la subversión de los discursos del poder. Si el boxeo moderno era pensado como el noble arte, o la dulce ciencia, la domesticación civilizada del conflicto, el triunfo del bárbaro del sur representaría su dominio sobre la ciencia, el arte y la civilización; el dominio de las prácticas modernas por parte del sujeto periférico. Sin embargo, en la era post-Johnson, Tablada no identifica la complejidad de la problemática racial estadounidense, no reconoce que dentro del imaginario norteamericano Firpo representa al contrincante no-blanco/europeo. En el juego de espejos que implican las alianzas no ve a la comunidad afroamericana, y su historia boxística y política, como otro posible aliado. Para su proyecto literario y político es más importante reforzar alianzas regionales que establecer nuevas.5

Revestidos en un esencialismo racial y cultural los dos boxeadores se enfrentan dentro del cuadrilátero, lo latino versus lo anglosajón. Inicialmente, en la descripción física Tablada iguala a los dos contrincantes:

Bill Brennan el rubio coloso, y Luis Ángel Firpo, a quien hoy llaman los reporteros el “Toro Salvaje de las Pampas.” Ambos imponentes, majestuosos en su soberbia apariencia física, evocando mármoles griegos y romanos en su musculatura acentuada. Pero más recuerdan al “Doríforo” o al “Strigylo” que al “Hércules Epitrapexios.” Anatomías armoniosas y justas proporciones, más cercanas a los Apolos primitivos del Asia Menor que al Laconte, de músculos protuberantes. […] La silueta de Firpo es tan grande que ya casi entra en la ley biológica de la gigantanasia. (Tablada 1923, 5)

En Ariel (1900) José Enrique Rodó piensa la barbarie en referencia al campo, el gaucho y el indio, mientras que la civilización se encuentra en una cultura latinoamericana, vía las influencias grecolatinas. La descripción del púgil argentino oscila entre la “gigantanasia” física y el ideal de belleza y perfección del arte clásico grecolatino. La metáfora corporal hace que Firpo sea entonces la manifestación del sujeto latinoamericano, el mestizaje perfecto de la barbarie de la tierra, que genera el cuerpo “que ya casi entra en la ley biológica de la gigantanasia,” mismo que ha sido domesticado dentro del orden del canon clásico. Resulta entonces que la corporalidad convierte al boxeador en la representación ideal de todo un proyecto latinoamericano; la síntesis fisiológica del sujeto con el terreno, donde la unión aporética se posibilita. La crónica de Tablada parecería entonces desplazarse en un constante cambio de significantes-significados mediante la unión del boxeo, como espacio de la barbarie, con la representación de la civilización en el contexto de la modernidad neoyorquina. Así, el triunfo de Firpo ante Brennan viene a ser el triunfo del proyecto latinoamericanista, al que él se adhirió desde el inicio de la crónica, ante el imperialismo anglosajón, la victoria simbólica de Calibán ante Ariel.

Durante 1923 Tablada continuó reportando la trayectoria de Firpo en los Estados Unidos. Más allá de los triunfos que obtuvo, así como la polémica derrota contra Jack Dempsey, Firpo es construido como modelo del sujeto latinoamericano puesto que “ni ama el bombo ni se lo procura. […] Comienza por no hablar, ni ocuparse visiblemente de sí mismo, no propicia reporteros, ni ostentarse en cabarets.”6 Esto a diferencia de los boxeadores estadounidenses de personalidades bombásticas y polémicas, hijos del escándalo mediático que comparten lugar con las celebridades del espectáculo, como el mismo Dempsey o Jack Johnson. La contraposición de las dos Américas, la nuestra y la otra, hace eco de la visión martiniana del sujeto latinoamericano de buen gusto, en contraposición del estadounidense derrochador, superficial, el bárbaro que consume cantidad.

Es importante señalar el papel que ha cumplido la figura de Luis Ángel Firpo dentro del imaginario argentino, así como en el latinoamericano en general. En la literatura argentina Firpo ha sido protagonista de las novelas Segundos afuera, de Martín Kohan, publicada en 2006, y Luis Ángel Firpo soy yo, de Carlos Pineiro Iniguez, publicada en 2013, así como del cuento “El noble arte,” de Julio Cortázar, que forma parte de La vuelta al día en ochenta mundos, publicado en 1967. En los trabajos de Cortázar y Kohan la derrota de Firpo funciona dentro de un registro fatalista, el momento en que se estuvo tan cerca y fuimos derrotados de manera ilegal. El fatalismo es también la memoria del gremio, por ello en Argentina cada 14 de septiembre se celebra el Día del Boxeador, en recuerdo de la derrota de Firpo. Por el contrario, Pineiro crea una biografía donde la vida del ídolo deportivo se inserta en la sociedad argentina de la primera mitad del siglo XX. Fuera del ámbito argentino, en 1923 se fundó el equipo de fútbol Club Deportivo Luis Ángel Firpo en El Salvador en honor al Toro Salvaje de las Pampas. Como ídolo deportivo, Firpo se ha constituido como una figura trágica en la que se intersecta la memoria personal, nacional y regional.

Un caso contrario al de Tablada construyendo la figura del boxeador como ejemplo de las virtudes del sujeto latinoamericano se dio cincuenta años más tarde. En 1976 Ricardo Garibay publicó la crónica Las glorias del gran “Púas” que, como señala Vicente Leñero (2001, 18), “en realidad es un texto periodístico, pero bien podría calificarse como una novela de non-fiction.” El texto se centra en la pelea entre el mexicano Rubén Olivares y el tailandés Paget Lupicanete para narrar la vida del ídolo mexicano, su relación con el deporte, su lugar dentro del mercado deportivo, así como su vida cotidiana. La crónica “es la historia de un reportaje que se va construyendo en la dificultad de localizar al personaje” (Buil 1979, 45). Garibay busca a Olivares en las vecindades de la Bondojo y su casa de Lindavista, en los tugurios de Los Ángeles, en la pulquería La Canica, en el gimnasio hediondo donde entrena, en hoteles venidos a menos, en autos importados, en los sueños de deshidratación, en los vestidores del Sport Arena, en la memoria de otros boxeadores y en el cuadrilátero. En este recorrido es que Garibay encuentra las múltiples facetas del Púas, y del boxeo, como negocio transnacional, como sueño de gloria para quien cuenta con buenos puños y duros riñones, como testimonio de un registro sonoro casi inaccesible, como panteón del recuerdo y la melancolía.

Desde su confección la crónica se va construyendo en términos boxísticos. Formalmente está dividida en cuatro rounds que no siguen un orden lineal, pareciera que Garibay usa la estrategia de mantenerse a la distancia y en constante movimiento, entrar y salir. Cabe recordar que el mismo Garibay (2001, 218) practicó el boxeo, fue sparring durante algún tiempo, se lo confiesa al Púas “yo también he andado en esto de las trompadas.” La división en cuatro rounds no es arbitraria, en una cartelera de boxeo profesional las peleas preliminares, aquellas que presentan boxeadores jóvenes y algunos en plena retirada, duran cuatro asaltos. Rubén Olivares es uno de los mejores boxeadores mexicanos de todos los tiempos; más allá de sus cuatro cinturones de campeonato, de haber sido el primer boxeador mexicano en entrar en el Salón de la Fama del Boxeo en 1991, su vida fuera del ring lo llevó a convertirse en ídolo popular, así lo demuestra su aparición en una docena de películas y tres telenovelas. Sin embargo, para la segunda mitad de la década de los setenta su carrera deportiva estaba estancada, no así su popularidad con la gente. Siguiendo con la metáfora boxística, la carrera de Olivares ya no es la pelea estelar, aún y cuando toda la maquinaria extradeportiva así lo procure.

Desde sus orígenes el boxeo ha sido uno de los deportes que mejor se ha adaptado a la industria del espectáculo y los medios masivos de comunicación. En los años veinte se reglamentó que los calzones de los contrincantes fueran blanco y negro para beneficiar su identificación en las grabaciones cinematográficas; a diferencia del béisbol, el futbol americano y el soccer, donde hay múltiples acciones simultaneas, el boxeo restringe toda actividad al ring y la centra en tres sujetos, además el minuto de descanso ofrece el tiempo adecuado para la publicidad. A partir de la creación de comisiones y federaciones internacionales, de la estandarización y homologación de títulos locales y mundiales, el boxeo es uno de los deportes que mejor se han adaptado al proceso de globalización ya que no cuenta con una autoridad centralizada. Esto genera que en su faceta de espectáculo combine fácilmente intereses locales y transnacionales (Boddy 2008, 316–366; Scott 2008, 3–16). La crónica comienza señalando la madeja de intereses en los que se inscribe este evento, donde los boxeadores son solamente una ficha desechable dentro de la economía deportiva, comienza:

—¿El pleito está arreglado, Rubén? ¿Tongazo?

Estábamos en los vestidores, a quince minutos de la pelea donde el ídolo de la Bondojo destazara en quince segundos al tailandés Paget Lupicanete, […] victoria relámpago que no creyó nadie entre los diez mil fanáticos que el imán del Púas y el colmillo del promotor gringo embodegaran en las graderías del Sport Arena, en los Ángeles, aquella maliciosa noche del dos de junio del setentaiséis: arranque del derrumbe definitivo de una maciza gloria mexicana, derrumbe que se vaticinara banderazo hacia el quinto campeonato mundial del otrora aclamado Mister Knock Out, por la prensa deportiva del Imperio. (Garibay 2001, 217)

Desde el inicio vemos la red transnacional que se crea en torno a este evento. Los dos boxeadores, mexicano y tailandés, el sitio donde se realiza la pelea, el Memorial Sports Arena de Los Ángeles, el promotor gringo, George Parnassus, reportado por la prensa internacional, la estadounidense, la mexicana y la tailandesa, son algunos actores de la industria global que trabaja en torno a los dos contrincantes. En este contexto, el reconocimiento del tongo evidencia, por una parte, el inicio de la debacle de la carrea deportiva del ídolo, Olivares sabe que él ya no es una apuesta segura y por ello requiere que todo el aparato extra deportivo funcione a su favor, a final de cuentas su nombre sigue embodegando graderías. Por otra parte, paradójicamente, son todos los intereses económicos los que crearán las condiciones para que el derrumbe deportivo sea el reinicio de una exitosa empresa comercial. La participación activa del boxeador en el chanchullo lo posiciona como un sujeto activo dentro de este entramado multinacional. Si bien Olivares forma parte de una larga genealogía de boxeadores pobres y analfabetos, reconoce los mecanismos a partir de los que opera la industria deportiva, así como el lugar que ocupa en ella. Así se lo confiesa a Garibay: “¡Porque conmigo se hinchan de lana los cabrones! A poco voy a pensar que soy muy bueno o que me quieren mucho” (Garibay 2001, 220).

No es el caso del contrincante, flan de encargo, quien en los poco menos de tres minutos que duró la pelea terminó muy lastimado, y al final “le retuvieron la paga y le negaron hasta los pasajes de regreso. Jamás podré explicarme ese castigo. Andará toda vía por ai, comiendo basura en un tiradero de élei” (230). Si todo lo exterior al ring puede ser manipulado, el enfrentamiento entre los dos boxeadores, aun cuando la pelea sea un montaje, es totalmente real. Una investigación de la Comisión Atlética de California concluyó que Olivares no peleó contra Paget Lupicanete, quien nunca viajó a Estados Unidos, en su lugar enfrentó a Chalongsuk Pornseanfa, cuarto catalogado de Tailandia (Fight 20738). Dentro del mercado laboral el boxeador sabe que cuenta sólo con dos brazos que intercambiar, brazos sobredotados para apretar tuercas pero prescindibles una vez han sido vencidos. El boxeador representa en extremo el drama del cuerpo del sujeto moderno, un cuerpo superdotado físicamente que una vez deja de funcionar es desechado. Como señala Jean-Marie Brohm (1989, 176), en el ya clásico Twenty Theses on Sport, el deportista de alto rendimiento “is a new type of worker who sells his labor power—that is to say his ability to produce a spectacle that draws the crowds—to an employer.” Como un producto, intercambiable y desechable, la vida útil del deportista depende del consumidor, del tiempo que dure su aceptación o rechazo público. El performance deportivo también es un producto al cual el mercado le impone su valor de cambio y sigue las leyes de la oferta y la demanda. Es por ello que para Garibay (2001, 222) los boxeadores “poseen todos el campeonato indiscutible de la explotación padecida en la sociedad de consumo.”

La condición de ídolo de Olivares forma un pacto de ficción entre él y el público, como explica Joyce Carol Oates (1987, 52): “Boxers have frequently displayed themselves, inside the ring and out, as characters in the literary sense of the word. Extravagant fictions without a structure to contain them.” A diferencia de Luis Ángel Firpo, al cual Tablada construyó como la ficción del sujeto latinoamericano, el “Púas” representa una contra-ficción del proyecto de modernidad mexicana. Entre las décadas de 1950 a 1970 el gobierno mexicano implementó una política pública encaminada a combatir el déficit de importaciones y promover el desarrollo económico a partir de medidas proteccionistas y la intervención del Estado como agente económico, lo que se conoció como el “Milagro mexicano.”7 No obstante el boom petrolero que se vivió durante la década del setenta, debido al alto nivel de endeudamiento, así como al déficit gubernamental, para mediados de la década el modelo estaba en pleno colapso. Como campeón del mundo Olivares, con “su fardo de mujeres, de vagancia, de tedio, de impaciencia, de desamor, de anarquía, de nota roja, carnitas y totopos, y fatalismos y resignaciones, y prodigiosas facultades naturales para el arte de desmadrarse entre las doce cuerdas” (Garibay 2001, 217), prefigura y encarna el colapso del llamado “Milagro mexicano.” El Púas es la estética del subdesarrollo que combina lo sublime, la posibilidad infinita del campeón mundial, con lo abyecto, de la ilegalidad deportiva y biográfica.

Al igual que la pelea, escribir la biografía del campeón fue una empresa netamente comercial, lo explica Garibay (2001, 218): “tú me cuentas tu vida, tal cual; yo la escribo; el periódico la edita; y vendemos un millón de ejemplares.” Para Olivares (2001, 219) era el negocio perfecto “Pura pasión y dinero sin que me rompan el hocico.” Pero el campeón se resiste a ser biografiado, elude las preguntas, da medias respuestas, se escabulle del entrevistador. Como lo manifiesta el manejador Nacho Castillo, “si Rubén estuviera aquí con nosotros, no sabría dónde va a estar dentro de diez minutos. A lo mejor dentro de un yet a Los Ángeles, porque extrañó de repente a la de allá; a lo mejor por Camarones, entrándole a la barbacoa, a lo mejor en un bule, a lo mejor con un cuate que entra aquí y le dice vámonos Rubén, y Rubén sale y nos deja tranquilamente” (Garibay 2001, 233). La búsqueda constante de Olivares por parte del cronista configura esta relación dentro de una intimidad problemática que se desarrollará de manera ambivalente. En ella Garibay se avoca a ordenar el caos-Púas, el sinsentido de la ficción, en un relato coherente. La imposibilidad de ordenar el caos es lo que lleva a Garibay a escribir la crónica a través de analepsis y prolepsis, irrumpir la linealidad de la narración para incluir eventos del pasado y del futuro para contextualizar, explicar, generar expectativa o añadir información adicional. Por otra parte, la resistencia a ser entrevistado se puede entender como la resistencia del sujeto popular ante el intelectual, la cual se da en cualquier tipo de interacción entre un yo que cuestiona y a la vez narra a un tú.

Mundialmente el boxeo ha sido oficio de pobres que desean ascender socialmente y así redimir las penurias de familiares y amigos (Wacquant 2000, 29–97). Si bien la puerta del éxito está cerrada para la mayoría, muchos de los que llegan a triunfar llevan al extremo algunas prácticas de la cultura del arrabal; la fama y el inesperado poder de consumo los convierte en “extravagant fictions without a structure to contain them.” En el caso de Olivares, su habilidad física, “nadie de su peso en el mundo le pararía cinco asaltos” (Garibay 2001, 224) y su nivel de consumo, de carros que “han costado tres veces lo que cuestan de este lado” (221), relajan los límites de cualquier estructura social, a la vez que articulan y expanden los parámetros en los que se representa al sujeto popular llevándolo a un extremo monstruoso del gasto y despilfarro. El ídolo de barrio debe representar una híper-masculinidad; la que se visualiza en las dos mujeres que tiene, “la ‘señora de la Bondojo’: joven, gruesa, chancluda, silenciosa” (244), y la señora de Lindavista, de clase media alta, con dos hijitas castañas, delicadas que “el Púas besa sin mucho entusiasmo” (245). Si el reconocimiento nacional ha sido logrado por los triunfos deportivos, el reconocimiento barrial se logra a partir de la comunión vecinal. Los micro gestos de respeto social, como el que le cedan el mejor espacio de la pulquería La Canica, “pulquería de pepenadores, barrenderos, mecapaleros, albañiles, mendigos, [lugar que] estaba junto al mingitorio” (246), muestra el sistema de respeto y jerarquía. A la vez genera un espacio de comunión donde se mimetiza simbólicamente el público con el ídolo, “¡Campeonazo qué nos duran los chales!” (243). Pero el performance de masculinidad extrema entra en quiebre cuando se enfrenta a su otredad, a sujetos que no comparten los mismos códigos. Es por ello que Olivares “anda preocupado de si a usted le gusta la yerba o la nieve, o qué pensará usted” (239). Al no compartir los códigos y referentes la presencia de Garibay visibiliza la fragilidad del performance de masculinidad de barrio.

A la figura del boxeador la inviste una mística de sacrificio, disciplina y heroísmo que dentro del gremio genera memoria y saberes comunes los cuales solamente son accesibles para el que está allí, para quien sube al ring con la finalidad de lastimar o ser lastimado. Garibay reconoce en el lenguaje de los boxeadores, con sus inflexiones, hipérboles, referencias, contracciones y bilingüismos, la única forma de acceder a esa memoria y saberes en común. El lenguaje es a la vez el medio que produce tanto comunidad como exclusión. Así lo nota Garibay, “en la mesa la conversación continúa exactamente donde la dejamos iba en un oper en no sé qué pelea entre no sé qué peleadores un oper a la punta de la barba y estamos los que dije y uno o dos más y todos somos principales y nadie puede acercarse porque es echado a mentadas” (2001, 237). Garibay transcribe este diálogo como un guion en el que los participantes se sobreponen unos a otros y las palabras se contraponen a las ideas. Como señala Ignacio Corona “Garibay, use irony to keep a cohesive yet complex subjective perspective among the diverse voices, linguistic registers, tones, or rhetorical dispositives that they incorporate in their text.” (2002, 136). El uso de una gramática rota, sin comas que dividan las ideas o a los participantes, impone velocidad al diálogo y al mismo tiempo hace que el párrafo, de más de una página, termine creando un efecto de locura, cual si sobreviviéramos quince asaltos en el ring. Cabe destacar que la superposición de voces inidentificables anula al sujeto individual con lo que se recrea la voz del sujeto boxeador en su totalidad. Esta voz colectiva habla melancólicamente de un pasado, de “no sé qué pelea,” gloria romántica de un tiempo idealizado donde todos tuvieron la oportunidad de ser principales o al menos atestiguar la posibilidad. Este círculo cerrado acepta temporalmente la intromisión del otro-intelectual porque ha sido referido por el campeón, pero la diferencia se vuelve a marcar cuando “llega Rubén. Dice a alguien que se ha sentado junto a mí: —Vete para allá, tú no estés aquí, este señor es otra cosa” (Garibay 2001, 231). Por más que el cronista intenta hacerse parte del grupo, el compartir la memoria, lenguaje y saberes colectivos le está vedado. El modo en que Garibay usa la ironía como dispositivo retórico lleva a complejizar a los sujetos, no existe la intención de esencializarlos, estetizarlos o, por el contrario, una condescendencia moralizante por parte del cronista.

Las crónicas de temática deportiva de Tablada y Garibay han pasado casi desapercibidas para a la historia literaria mexicana. Una revisión a catálogos y bases de datos deja ver la poca atención que se les han prestado.8 Esta singularidad se puede extender al resto de la crónica deportiva, desde “Algunas sugestiones al boxeo” que Salvador Novo escribió en 1925, hasta producciones más recientes como la novela Campeón gabacho, de Aura Xiloen, publicada en 2016. Dentro de este archivo extrañamente olvidado destaca la crónica de Carlos Monsiváis “La hora del consumo de orgullos. Protagonista: Julio César Chávez,” escrita en 1992 y publicada como parte del libro Los rituales del caos, en 1995. Al pensar en su conjunto el archivo de la crónica deportiva se puede afirmar que ésta ha sido a la que la crítica le ha prestado mayor atención. En los diversos análisis de los que ha sido objeto se ensayan conceptos como la teoría del caos, el simulacro, el espectáculo, el uso de la ironía, el relajo, la relación entre mercado y nacionalismo, las prácticas de consumo, entre otras. Sin embargo, una de las preguntas que ha quedado fuera de la discusión es ¿cómo se articula esta crónica en torno a la memoria deportiva de los años dorados9 del neoliberalismo mexicano?

Durante el siglo XX los diferentes gobiernos mexicanos trataron de desarrollar el deporte como una forma no convencional de diplomacia. Desde entonces la tendencia dominante ha sido “to see sport and recreation as means to promote western (“capitalist”) style and development and to (re)gain acceptance in the western (“conservative”) community of nations and businesses” (Arbena 1991, 361). La carencia de una política pública funcional ha generado que el éxito deportivo sea conseguido a partir de los recursos personales de los atletas, tal vez por ello hay más triunfos en deportes individuales que de equipo. Paradójicamente, el Estado mexicano ha usado a los atletas exitosos convirtiéndolos, mientras conserven sus triunfos, en iconos nacionales prestos para el consumo.

Durante la presidencia de Carlos Salinas de Gortari (1988–1994) se consolidó como política estatal el proyecto neoliberal, el cual se pensaba llevaría al país a entrar de lleno en las dinámicas de la globalización. Dentro del imaginario neoliberal la producción de eventos masivos de corte internacional, como conciertos de rock o partidos profesionales de fútbol americano, sería un mecanismo para representar simbólicamente la incorporación del país al escenario del mundo globalizado.10 Desde la década del setenta el fútbol ha sido el deporte que tiene mayor afición en México, sin embargo, ante las continuas derrotas y escándalos vividos en la década de los ochenta,11 así como el auge de la televisión por cable y la idea de exclusividad que ofrece el sistema de televisión de pago por evento, el boxeo se fue posicionando como el deporte que ofrecía satisfacciones inmediatas para el público nacional, no se tenían que sufrir eliminatorias como en el fútbol, a la vez que resultó nuevamente ser un negocio sumamente redituable. En la crónica Monsiváis (1995, 24) muestra que la relación boxeo-proyecto neoliberal establece un pacto simbólico, político-deportivo, que es sellado por los dos máximos exponentes de cada una de las ramas, “no en balde el presidente Carlos Salinas de Gortari, asistió al entrenamiento de Julio César Chávez, a transmitirle no el estímulo deportivo sino el saludo del gobierno al enviado del gobierno en el ring.” Si los deportes de conjunto se desarrollaron como método disciplinario para trabajar dentro del orden corporativo, el boxeo es el cénit del individualismo, prepara al sujeto para ejercer profesiones liberales, profesionistas autónomos como metáfora del empresario neoliberal. Si el Púas visualizaba el colapso del “Milagro mexicano,” Chávez representa el ideal del México emprendedor y ganador a partir del trabajo individual.

Para el proyecto político salinista la pelea Chávez versus Haugen representa otra oportunidad de demostrar que, en palabras del presidente Salinas: “México es ya un país de primer mundo.” Desde la década de los setenta existió una prohibición a realizar espectáculos multitudinarios bajo el argumento de que la sociedad todavía no estaba preparada para este tipo de eventos. Detrás de la postura oficialista existía el miedo a que cualquier concentración masiva pudiese devengar en una posible insurrección social. Por este motivo resultaba necesaria la producción de este tipo de eventos que se dieran sin desorden y que resultaran éxitos comerciales, lo que haría que el país entrara de lleno en los circuitos internacionales del espectáculo. Pero el sistema político se desdobla en la pelea a través de la cultura del chanchullo y la transa, que de forma fraudulenta enfrenta al campeón a un contrincante abiertamente inferior, por ello “la pelea no tiene mucho de interés, al decir de los expertos. Pero el país goza de uno de esos ratos de esparcimiento en los cuales vuelve a ser, por un instante, la Nación” (Monsiváis 1995, 30).

A la manera de una corporación multinacional, el show business requiere el diseño de una identidad gráfica multimedia que conjugue lo local con lo global, lo tradicional con lo moderno. Para ello la iconografía nacional clásica sigue siendo funcional, y en el estadio Azteca “todo es tricolor en la venta y en la contemplación: los carteles, las cuerdas del ring, la psicología a flor de piel de los asistentes. […] Y aunque uno no lo intuya deben existir las porras tricolores” (Monsiváis 1995, 24). El rayo láser y el surround system presentan glifos, teponaztles, máscaras, estatuillas y estelas prehispánicas, Mitla, Monte Albán y Palenque. El espectáculo trabaja en una doble acepción, por una parte, para el consumidor local son iconos de fácil reconocimiento, por otra, en lo internacional esta iconografía refiere a la exposición México: Esplendores de treinta siglos, que se presentó exitosamente tanto en México como en los Estados Unidos. Cuando se iniciaron las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, México implementó un ambicioso plan de relaciones públicas. En la parte política se cabildeó con senadores y congresistas y en la parte social dicha exposición promovió el reconocimiento nacional entre la sociedad estadounidense; en torno a ella por todo el país se impartieron seminarios y conferencias auspiciadas por el propio gobierno. La predilección por el pasado prehispánico es la referencia fácil a un pasado glorioso, memoria imperial de antiguas civilizaciones, avances científicos y tecnológicos que borra y se contrapone a cualquier referencia a la problemática indígena contemporánea, misma que se visualizará unos meses más adelante vía satélite desde la selva lacandona. Lo que se observa es “el México que debió existir si los aztecas hubiesen conseguido patrocinadores” (Monsiváis 1995, 26). A la vez, en un mundo globalizado, es el modo políticamente correcto de neutralizar rencores históricos, no hacer alusión a ningún posible socio comercial que haya invadido, declarado la guerra o reclamado territorio nacional.

Si en la crónica de Garibay se muestra el boxeo como parte del mercado deportivo internacional, donde el boxeador es una ficha intercambiable, Monsiváis (1995, 28) señala el extremo al que ha llegado el mercado en veinte años: “En el box de los noventas el centro es el negocio, y ya hasta el final vienen los peleadores y las peleas.” La crónica misma sigue esta lógica, a diferencia de Tablada o Garibay, Monsiváis no repara en los cinco asaltos que duraron las acciones. No obstante que la cartelera estaba conformada por ocho enfrentamientos, la única referencia que hace al boxeo es que “transcurren tres peleas inocuas y el ardor se consume y las porras se adelgazan hasta el susurro” (Monsiváis 1995, 29). El espectáculo social le gana al espectáculo deportivo, a tal grado que al cronista le produce extrañamiento que “algo de pronto, tal vez el ring, me recuerda la existencia del box” (27).

Rounds de sombra

La literatura deportiva ofrece un espacio inigualable de reflexión sobre procesos históricos y culturales que se han desarrollado a partir del siglo XIX. En ella se problematizan las relaciones, complejas y contradictorias, entre los diferentes grupos sociales y los mecanismos de poder. Pensando en continuidades históricas, se puede afirmar que tanto el deporte moderno como la crónica deportiva son dos actividades que se han desarrollado a la par del proceso de modernidad, de construcción de los estados nacionales y de consolidación del mercado mundial. Por ello el estudio de estas dos actividades, sus intersecciones y bifurcaciones, continuidades y rupturas, resulta más que productivo. En este sentido, la literatura deportiva ayuda a comprender el deporte como una de las manifestaciones más sofisticadas del nacionalismo en la vida cotidiana. El uso político de los ídolos deportivos, como Firpo, Olivares y Chávez, sirve para perpetuar la idea de posibilidad de ascenso social a partir del trabajo individual. Cada uno de sus enfrentamientos, viajes, entrenamientos, genera un imaginario común —local y regional— que rápidamente es cooptado por diversas instituciones.

Las tres crónicas de boxeo que conforman este ensayo crean un arco temporal que abarca el siglo XX mexicano en donde éstas han funcionado como un espacio de reflexión y negociación política, Tablada; de formas culturales, Garibay; y estructuras de mercado, Monsiváis. Los protagonistas de estas crónicas, Luis Ángel Firpo, Rubén Olivares y Julio César Chávez, representan tres tipos diferentes de construcción del héroe deportivo. Firpo es el modelo del héroe clásico de vida ejemplar, el ejemplo perfecto para Tablada de lo que representaría un proyecto de latinoamericanismo. Por el contrario, Olivares rompe el modelo de ejemplaridad y visualiza la descomposición del sujeto que tenía todas las cualidades para triunfar. Finalmente, la relación y dependencia de Chávez con el espectáculo lo alejan del modelo de héroe popular y lo convierte en celebridad deportiva de prime time de duración limitada.

El sistema mexicano de ídolos deportivos, ya sean nacionales o extranjeros, no difiere mucho del de otros países. Desde el inicio, éste se ha constituido como una galería masculina donde se reproducen los mecanismos estructurales del patriarcado. En el arco temporal que crean estas tres crónicas, desde la década de los veinte hasta la del noventa, se puede ver que el deporte ha servido para normalizar la heteronormatividad y justificar, en términos de naturalidad, la exclusión de la mujer tanto de la práctica como de la exhibición deportiva. Debido a la violencia explícita, ritualizada y rutinaria, el boxeo ha construido una narrativa de masculinidad que subraya la diferencia de género. Es por ello que el boxeo femenil es el deporte que más tiempo tardó en ser incluido como deporte oficial dentro de los Juegos Olímpicos, como deporte de demostración apareció solamente en 1904 y fue incluido oficialmente hasta 2012. No obstante que las boxeadoras tuvieron que luchar legalmente por su derecho de subir al ring, tanto las condiciones laborales, así como los sueldos son inferiores a los de los hombres.

Desde su reglamentación en el siglo XIX, en el deporte moderno se han repetido los mecanismos y prácticas de la economía capitalista. Esto lo ha llevado a ser un excelente medio de difusión, educación y consolidación del statu quo. Salvo casos excepcionales, en términos generales el desarrollo deportivo está fuertemente ligado al desarrollo económico, lo que queda manifiesto en los sitios en que se fundan y establecen los principales organismos que regulan el deporte, así como las principales plazas deportivas. Los tres eventos deportivos que conforman este ensayo reproducen esta dinámica; tanto Firpo como Olivares son la materia prima que va al centro industrial donde son transformados en productos para el consumo masivo del mercado mundial. Por el contrario, la pelea de Chávez funciona dentro de un registro político de justificación y domesticación dentro del sistema económico neoliberal, al que México aspira. En este sentido, el espectáculo es el brazo operador de la política estatal que satura al espectador con un sentido nacional y evita, divierte y neutraliza, al menos durante el tiempo que dure en auge el evento, que diversos temas acaparen el debate.

En la actualidad el boxeo ya no es el deporte más popular de México, por mucho ha sido sobrepasado por el fútbol y la lucha libre. Sin embargo, las victorias episódicas siguen siendo un gran botín político, económico y tema para la reflexión cultural.