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Sociology

¿Fruto del esfuerzo? Los cambios en las atribuciones sobre pobreza y riqueza en Chile entre 1996 y 2015

Authors:

Raimundo Frei ,

Universidad Diego Portales, CL
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Juan Carlos Castillo,

Universidad de Chile, CL
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Rodrigo Herrera,

Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), CL
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José Ignacio Suárez

Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), CL
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Abstract

The study of poverty and wealth attribution has played a central role in the literature on the justification of social inequalities. Research on this topic has examined the extent to which individualistic versus structural reasons are used to explain why some people reach advantaged or disadvantaged positions in comparison to the rest of the population. This article attempts to explain how these reasons have changed over time in Chile, which has experienced vast economic transformation yet has maintained income inequality. From two national surveys produced in 1996 and 2015, descriptive results show that individualistic attributions for poverty and wealth (e.g., personal initiative) have increased and structural reasons (e.g., unemployment, economic policy) have declined. Latent class analysis (LCA) offers a second reading of the data, demonstrating that the decline of structural attributions is related to an increase in people choosing both individualistic and structural reasons for explaining poverty and wealth. Those changes in attribution patterns are discussed within the frame of cultural and economic transformation in Chilean society.

 

Resumen

El estudio de las atribuciones de pobreza y riqueza ha tenido un rol central en la literatura sobre la justificación de las desigualdades sociales. La investigación en esta área ha explorado en qué medida se usan razones individualistas versus estructuralistas para explicar por qué ciertas personas logran posiciones más precarias o aventajadas que el resto. En esa línea, este artículo busca dar cuenta de cómo cambian en el tiempo estas razones, en el contexto de una sociedad que ha tenido grandes transformaciones estructurales en las últimas décadas, donde además se mantiene una alta desigualdad de ingresos, como es el caso de la sociedad chilena. Tomando dos encuestas con representatividad nacional de los años 1996 y 2015, los resultados indican en un primer nivel descriptivo que han aumentado las atribuciones individualistas sobre el origen de la pobreza y la riqueza —tales como la falta de esfuerzo y la iniciativa personal— y que han bajado las razones de carácter estructural —como el desempleo o las políticas económicas—. No obstante, a través de un análisis de clases latentes (LCA), se ofrece una segunda aproximación más matizada a este fenómeno, mostrando que la baja de atribuciones estructurales se asocia al aumento de personas que atribuyen tanto razones individualistas como estructurales a la pobreza y riqueza, predominando una combinación de ambas a la hora de significar estos hechos. Estos cambios en los patrones de atribución se discuten en el marco de las transformaciones económicas y culturales de la sociedad chilena.

 

How to Cite: Frei, R., Castillo, J. C., Herrera, R., & Suárez, J. I. (2020). ¿Fruto del esfuerzo? Los cambios en las atribuciones sobre pobreza y riqueza en Chile entre 1996 y 2015. Latin American Research Review, 55(3), 477–495. DOI: http://doi.org/10.25222/larr.464
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  Published on 08 Sep 2020
 Accepted on 11 Nov 2018            Submitted on 01 Feb 2018

En toda sociedad los individuos intentan dar sentido tanto a los fenómenos naturales como aquellos del orden social, económico y político. Las jerarquías políticas y religiosas, los intercambios pacíficos y violentos, el hecho de que unos tengan más y otros menos, son fenómenos que no solo producen cosas —órdenes sociales, instituciones, dinámicas y prácticas—, sino a los cuales se les atribuyen explicaciones sobre sus orígenes, desarrollo y efectos en la vida social. Estas atribuciones han tomado en la historia un carácter mítico, religioso, científico, entre otras, y pese a su variedad, siempre han ejercido el mismo rol: ofrecer a las personas explicaciones de porqué suceden las cosas, y dotar al orden social y sus estructuras de sentidos compartidos socialmente. A partir de las atribuciones las personas pueden orientar sus decisiones, así como juzgar a los otros por el curso de sus acciones.

El estudio de las atribuciones de la pobreza y la riqueza —esto es, como las personas se representan y explican que ciertos grupos sociales sufran carencias o disfruten de grandes ventajas— ha sido un clásico punto de arranque a la hora de investigar las creencias sobre la desigualdad (Kluegel y Smith 1986). La representación de una pobreza o riqueza merecida vis-à-vis a otra injusta, conforman dos polos simplificados, de las ideas de justicia distributiva (Kluegel, Mason y Wegener 1995). Estas representaciones son parte de la base normativa a partir de la cual las personas pueden entender su posición (en caso de verse afectados por la pobreza) o explicar la fortuna o la ausencia de ella en los otros. En términos más abstractos, forman parte del conjunto de mecanismos psicosociales de la legitimación de los sistemas socioeconómicos.

Hasta ahora las investigaciones sobre el tema han priorizado especialmente cómo en diferentes países o grupos se manifiestan distintas atribuciones de pobreza y riqueza en un momento particular del tiempo. El siguiente artículo desea proveer, en cambio, un análisis de cómo cambian estas atribuciones en un país que a su vez ha experimentado una importante transformación socioeconómica, como es el caso chileno.

En efecto, Chile es interesante para explorar estas atribuciones porque confluyen al menos tres procesos de cambio. En primer lugar, desde la crisis económica de a principios de los años ochenta Chile ha tenido un crecimiento económico sostenido, el cual sumado a las políticas públicas desde el retorno de la democracia, han disminuido en forma importante los niveles de marginalidad y pobreza (Larrañaga y Rodríguez 2015). Como consecuencia, una buena parte de los hogares ha experimentado algún tipo de movilidad ascendente (Torche y Wormald 2004) y la mayoría de la población (alrededor de un 75 por ciento) se considera como parte del estrato medio (Castillo, Madero-Cabib y Miranda 2013). Es decir, desde los años ochenta a la fecha tanto los indicadores estructurales como la autopercepción de las personas señalan que las situaciones de extrema pobreza han ido disminuyendo, y las posiciones bajas tienden a ser más un referente externo (o del pasado) que un estado para caracterizar la propia posición actual.

Esto, por cierto, no desestima un contexto de inestabilidad e inseguridad para los sectores populares (Araujo y Martuccelli 2015), una situación de alta vulnerabilidad para las clases medias bajas (PNUD 2017), así como la permanencia de férreas desigualdades étnicas y de género (Comunidad Mujer 2016), pero sí determina un relato —haber dejado atrás la miseria y un nuevo lugar simbólico—, sentirse parte de la clase media —desde donde se elaboran y se transforman las atribuciones de pobreza y riqueza.

En segundo lugar, durante la dictadura cívico militar se llevó a cabo un amplio reordenamiento institucional con el fin de liberalizar el mercado y reducir el rol del Estado en el funcionamiento económico (Gárate 2012). La liberalización económica y financiera tuvo como consecuencia el aumento sostenido del capital económico, conformado por antiguas y nuevas élites, que ampliaron significativamente su riqueza. Esto no solo perpetuó el patrón de desigualdad históricamente alto de la sociedad chilena (Rodríguez Weber 2017) sino que también significó la consolidación de espacios urbanos segregados (Sabatini, Cáceres y Cerda 2001), donde se concentraron los grupos más privilegiados y desde donde se accedía a los mejores servicios educativos y de salud. Esta imagen está en la base del aumento en la percepción de desigualdad socioeconómica (PNUD 2017).

Por último, desde mediados de los años noventa empieza a consolidarse el acceso masivo a la educación terciaria. Este proceso se dio de la mano de una alta diferenciación en la calidad de las instituciones educacionales, consolidándose un circuito de carreras y universidades de élite. No obstante, la ampliación efectiva de la capa profesional —y el aumento efectivo de los salarios de los primeros profesionales en comparación al salario de sus padres— acercó la idea de clase alta (o clase media alta) al conjunto de la población.

Estos dos últimos procesos —el aumento de la riqueza de las élites económicas y el aumento de los profesionales— crearon un escenario, por paradójico que suene, de distancia y cercanía con las ideas de riqueza y bienestar.

En este contexto, el presente artículo intenta responder dos preguntas: por un lado, ¿cómo han cambiado las explicaciones sobre la pobreza y la riqueza en una sociedad que ha experimentado una profunda transformación estructural? Y, en segundo lugar, ¿cómo se agrupan en el tiempo las atribuciones de pobreza y riqueza en el conjunto de la población?

Al respecto, las hipótesis generales que guían esta investigación son: a) que existen distintos patrones o clases de explicaciones para la riqueza y pobreza; b) que dado el proceso de modernización neoliberal llevado a cabo en Chile hay una sobrevaloración de elementos individuales como el esfuerzo a la hora de explicar las causas de la pobreza y la riqueza; y c) que esta situación no ha disminuido en el tiempo a pesar del aumento en el nivel educacional de la población, usualmente asociado a la consideración de factores externos o estructurales (como el sistema económico) en la explicación de las causas de la riqueza y pobreza.

Junto con intentar contrastar estas hipótesis, se desea además contribuir metodológicamente al estudio de las atribuciones. Comúnmente ellas se examinan por separado (se estudian las atribuciones de pobreza o de riqueza), y por ende existen escasos modelos teóricos y empíricos para analizar su manifestación conjunta. Sin embargo, es posible plantearse si alguien que atribuye la razón de la pobreza principalmente al esfuerzo aplicaría el mismo criterio a las causas de la riqueza. Responder esta interrogante va más allá de la descripción del caso chileno, permitiéndonos por ello ahondar con mayor profundidad en fenómenos que pueden tener elementos comunes a distintas atribuciones. La metodología para llevar a cabo este análisis consiste en el análisis de clases latentes (LCA, por sus siglas en inglés), que permite estimar tipos o clases de atribución, así como también el tamaño de cada una de estas configuraciones. Luego es posible caracterizar éstas en términos variables como edad, sexo y nivel socioeconómico.

En el apartado siguiente se presentan antecedentes contextuales sobre pobreza y riqueza en Chile en las últimas décadas, seguido de una revisión del estado actual de la literatura sobre atribuciones de pobreza y riqueza. Después se presentan los datos y preguntas de dos encuestas realizadas a nivel nacional en 1996 y 2015 por el Centro de Estudios Públicos (CEP), así como los modelos estadísticos utilizados. La parte más extensa se dedica a mostrar los resultados y se ofrece una conclusión al respecto.

Cambios objetivos de la pobreza y riqueza entre 1996 y 2016

En las últimas décadas, Chile ha sido una de las economías de más rápido crecimiento en Latinoamérica. Entre 1996 y 2016 el producto interno bruto (PIB) per cápita del país prácticamente se triplicó y en la actualidad es considerado como un país de ingresos medios altos. Desde 2009 Chile es miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y su progreso económico ha estado acompañado de un paulatino aumento en la calidad de vida de la población.

Como consecuencia, el porcentaje de población que se encontraba en situación de pobreza por ingresos se redujo de manera significativa, pasando de un 42.1 por ciento en 1996 a un 11.7 por ciento en 2015 (nuevos indicadores de pobreza multidimensional sitúan los niveles de pobreza en un 27,4 por ciento para el año 2009 y un 19,1 por ciento para 2015; ver Ministerio de Desarrollo Social 2016). Se ha evidenciado que la reducción de la pobreza por ingresos tuvo su origen tanto en el efecto del crecimiento económico, así como el efecto de las políticas redistributivas, siendo el primero más importante en la década de los 90, mientras que a partir del año 2000 adquiere mayor importancia el efecto de la redistribución (Larrañaga y Herrera 2008; Larrañaga y Rodríguez 2015). Durante la última década el país profundizó la oferta de servicios sociales, reduciendo el déficit habitacional e implementando diversas estrategias de protección social, desde el programa Chile Solidario dirigido a hogares en condición de extrema pobreza, el Seguro de Cesantía en materia laboral, el Plan Auge en el ámbito de la salud, hasta las Pensiones Solidarias dirigidas a adultos mayores de escasos recursos.

La reducción de la pobreza implicó a su vez que aumentara el consumo de bienes, y que una buena parte de la población empezara a sentirse parte de un estrato medio. Diversos bienes empezaron a masificarse en ese escenario (por ejemplo, vehículos motorizados, telefonía celular, internet), cambiando la fisonomía del país a la luz tanto del consumo como del desarrollo tecnológico (PNUD 2002). El fuerte aumento del acceso a bienes solo fue posible a partir del desarrollo de un mercado crediticio que permitió la financiación de los sectores populares, y el aumento sostenido de hogares sometidos a regímenes de deuda comercial. El acceso al crédito y al endeudamiento han sido la doble cara subyacente a la transformación material al interior de los hogares chilenos.

La evidencia también ha mostrado que a pesar del sostenido crecimiento de los ingresos, en Chile una gran parte de la población es vulnerable de caer en la pobreza. Los resultados revelan que más de un tercio de la población chilena experimentó la pobreza entre 1996 y 2006 (Neilson et al. 2008), cifra que se repite para el periodo correspondiente a 2006 y 2009 (Maldonado y Prieto 2015). Esta vulnerabilidad se explica, principalmente, porque un grupo importante de hogares tiene ingresos que los ubican en torno al valor de la línea de pobreza. A eso se agrega la ausencia de redes de protección efectivas que permitan mantener el nivel de vida alcanzado ante eventos tales como enfermedades catastróficas, muerte de algún cónyuge, así como largas temporadas de desempleo. Por otro lado, a pesar de que se ha experimentado una fuerte alza de participación laboral femenina (de un 39 por ciento en 1990 pasó a un 48 por ciento en 2016), se mantienen las altas brechas salariales entre hombres y mujeres, y la feminización de la pobreza (Comunidad Mujer 2016).

Junto a la vulnerabilidad, Chile sigue teniendo un nivel alto de desigualdad. Una de las características más distintivas de esta en Chile y otros países de la región es la elevada concentración del ingreso y la riqueza en la parte más alta de la distribución. Estimaciones realizadas para Chile (Banco Mundial 2016), muestran que el 1 por ciento más rico de los perceptores de ingreso obtiene el 33 por ciento del ingreso devengado (suma el ingreso percibido más las utilidades que quedan depositadas en las empresas) y que el 5 por ciento más rico el 51,5 por ciento. Si bien el crecimiento económico tuvo un importante efecto en aumentar los ingresos laborales de los hogares, lo que se tradujo en una reducción significativa de la pobreza, no fue suficiente para cambiar el patrón de concentración de ingreso y riqueza que caracteriza al país en la actualidad.

En este contexto, la educación chilena muestra un amplio nivel de cobertura básica y media, aunque con una marcada segmentación en calidad según dependencia del establecimiento educacional (publica, particular subvencionada o particular pagada). Esta desigualdad luego se reproduce en el acceso a la educación terciaria: para aquellos que nacieron a finales de los noventa, un 66 por ciento de aquellos provenientes de familias de ingresos altos entraron a universidades de alta calidad, cifra que se reduce a un 30 por ciento para familias de clase media y un 9,2 para familias de clase baja (PNUD 2017). Por cierto, el acceso a la educación superior casi se quintuplico entre 1990 y 2015. No obstante, esta gran masa de nuevos profesionales, sumado a la oferta diferenciada de calidad de las instituciones, ha contribuido a que los retornos de la educación superior hayan empezado a disminuir en el tiempo, justo cuando el peso de las deudas contraídas para acceder a la educación terciaria se hace sentir.

La investigación sobre atribuciones de pobreza y riqueza

La investigación empírica sobre las explicaciones de las causas de la pobreza y la riqueza se ha estructurado desde sus orígenes a partir de una dicotomía entre atribuciones internas y externas (Heider 1958). En la primera, el factor explicativo recaería en el individuo y sus capacidades —o la falta de ellas. Así, la pobreza se explica por la falta de esfuerzo e iniciativa, la flojera, o los vicios individuales. En la segunda, al contrario, serían patrones estructurales como el sistema económico o político, los cuales explicarían las raíces de la pobreza. Esta dicotomía entre creencias individualistas y estructuralistas (Kluegel y Smith 1986) ha sido sostenida por la mayor parte de los estudios empíricos hasta la fecha, especialmente en la literatura sobre atribuciones de pobreza (Schneider y Castillo 2015; Cozzarelli, Wilkinson y Tagler 2001), o de riqueza y pobreza (Kreidl 2000; Bucca 2016). Menos relevante, pero no por ello ausente ha sido la incorporación de una dimensión fatalista, donde la suerte o el destino son responsable tanto de la buena como de la mala fortuna (Feagin 1972; van Oorschot y Halman 2000; Gugushvili 2016).

La literatura sobre atribuciones ha estado normalmente conectada a las discusiones sobre la legitimación y creencias de la desigualdad (Kluegel y Smith 1986; Schneider y Castillo 2015; Bucca 2016). Atribuciones de carácter individualista supondrían una legitimación de las diferencias sociales en torno a una idea de justicia meritocrática, donde aquel que se esfuerza más, recibe más. En cambio, atribuciones de carácter estructural basadas en aspectos como la discriminación o el ordenamiento económico, supondrían una mirada crítica a la reproducción de desventajas y ventajas, donde la pobreza sería consecuencia de un orden que rebasa el control y voluntad de los individuos, mientras que la riqueza no sería producto del esfuerzo o iniciativa, sino de la reproducción hereditaria de privilegios. En esta línea, por ejemplo, Schneider y Castillo (2015) han demostrado para el caso alemán, que aquellos que atribuyen a la pobreza una razón interna a los individuos, tienden a aceptar una mayor diferencia de ingresos entre ocupaciones de distinto estatus social. Y, por el contrario, aquellos en quienes predominan las atribuciones externas o de carácter estructural, desafiarían las desigualdades percibidas.

Ahora bien, no es del todo claro que las atribuciones internas y externas se comporten siempre como polos opuestos. Así por lo menos lo han planteado diversas investigaciones (Hunt 1996; Kreidl 2000; Osborne y Weiner 2015), enfatizando el hecho de que individuos pueden sostener perspectivas individualistas y estructuralistas simultáneamente (Bucca 2016; Osborne y Weiner 2015). También otros autores han evidenciado que en algunas circunstancias se pueden favorecer interpretaciones individualistas sobre aquellas estructuralistas en el caso de la riqueza, pero al contrario para entender la pobreza (Hunt 2004).

Explicando la variabilidad de las atribuciones de pobreza y riqueza

Algunos autores han asumido que por el error fundamental de atribución (Ross 1977) siempre se favorecerían atribuciones internas —más concretas para los individuos— que razones más abstractas de carácter estructural. Sin embargo, se ha demostrado que las atribuciones cambian según las características del contexto social o de los individuos (Kallio y Niemelä 2014).

Bucca (2016) ha sistematizado diversos factores tanto a nivel país como individual que modificarían las atribuciones. A nivel país las atribuciones varían según el grado de desigualdad. En términos simplificados, en países más desiguales se reflejarían atribuciones más individualistas, y en países más igualitarios se sostendrían atribuciones más estructurales. En la investigación de justicia distributiva, esta explicación ha buscado dar consistencia a diversos resultados comparativos que muestran que en países más desiguales se presentan orientaciones de valor más individualistas o se toleran en mayor medida las diferencias de ingresos (Kluegel et al. 1995; Castillo 2011).

A nivel país también se sumaría el efecto que tiene el nivel de movilidad social, dado que en sociedades donde se experimenta mayor movilidad, se produce un terreno fértil para un mayor número de atribuciones internas, en tanto que la movilidad se asociaría al esfuerzo individual. Gugushvili (2016), no obstante, ha mostrado que es menos el nivel absoluto de movilidad lo que hace variar las atribuciones entre países, sino la movilidad subjetiva —como los individuos se imaginan que se han desplazado en el espacio social— lo que tiene un efecto más sostenido en el aumento de atribuciones que culpabilizan a los pobres de su propia situación. Gugushvili (2016) muestra además que estos efectos son moderados según el legado histórico del socialismo en los países del este de Europa, argumento que hace concordancia con aquellos que sostienen el rol que juega la economía moral de las instituciones redistributivas en cada país a la hora de marcar las preferencias de justicia (Mau 2004).

A nivel individual, junto a las trayectorias de movilidad, se ha dicho que las atribuciones de pobreza varían según la posición socioeconómica (a mayor estatus económico mayores atribuciones internas; Bucca 2016). En el contexto norteamericano el rol que juega la raza y la pertenencia a minorías étnicas ha sido usado también como predictor de las atribuciones de pobreza y riqueza (Hunt 2004). Luego, se han explorado la determinación de la edad, sexo, posiciones ideológicas y religiosas, y la propia experiencia de sentirse desaventajado (Lepianka, Gelissen y van Oorschot 2010). En América Latina, algunos estudios de carácter más cualitativo o mixto se han centrado en la estructuración de la percepción de las élites (Reis 2005) o la representación de la pobreza y sus estigmas en la población más vulnerable (Bayón 2012).

Una de las grandes ventajas de la investigación de atribuciones sobre pobreza y riqueza ha sido su carácter comparado entre países. A través de la reducción de categorías en variables individualistas y estructuralistas, una buena parte de la investigación europea ha realizado análisis entre países o regiones (e.g., Lepianka et al. 2010; van Oorschot y Halman 2000; Gugushvili 2016; Kallio y Niemelä 2014; Schneider y Castillo 2015; Kreidl 2000). En América Latina, resalta el trabajo de Bucca (2016) quien utilizando la encuesta Ecosocial 2007 analiza las atribuciones de pobreza y riqueza en siete países, encontrando (a) una mayor variación explicativa a nivel país (más que a nivel individual); (b) un predominio de atribuciones internas frente a las razones estructuralistas en el caso de las razones asociadas a la pobreza (aunque las razones mixtas tuvieron un mayor peso en todos los casos); (c) un mayor uso de atribuciones individualistas en el caso de aquellos con un mayor estatus subjetivo y mayor movilidad; y (d) un mayor uso de atribuciones estructuralistas en el caso de los profesionales (o alta educación; también llamada la “hipótesis ilustrada”).

Es decir, si bien existen una serie de estudios comparativos sobre atribuciones de riqueza y pobreza, estos son principalmente entre países en un momento en el tiempo, en lugar de comparaciones dentro de un país en distintos momentos. Esta es una de las debilidades de la investigación hasta ahora, a lo que se suma que muchos de los estudios nombrados usan distintas escalas e indicadores, poniendo en duda la comparabilidad entre ellos. A lo que se añade, por último, que hay poca evidencia para entender cómo interactúan las razones de pobreza y riqueza. Los estudios que han tratado de extraer factores equivalentes son excepcionales (Bobbio, Canova y Manganelli 2010; Osborne y Weiner 2015). Tomando estos antecedentes, la presente investigación avanza en mitigar algunos de los problemas del estudio de atribuciones.

Datos, variables y métodos

Datos

Los datos corresponden a dos encuestas llevadas a cabo por el CEP, una de las más antiguas realizada periódicamente en Chile y que además posee una adecuada documentación de muestreo y recogida de datos. La primera ola fue realizada durante los meses de junio y julio de 1996 (n = 1.505) y la segunda durante el mes de noviembre del año 2015 (n = 1.449). Ambas fueron aplicadas en hogares de forma individual y presencial a personas de dieciocho o más años de edad, poseen un muestreo probabilístico multietápico, y son representativas de la población nacional adulta (rural y urbana) con un error muestral estimado de ±3,0 puntos porcentuales a un nivel de confianza del 95 por ciento. Estas encuestas fueron seleccionadas dado que son las únicas en el país donde se repite la misma pregunta referida a las causas de la riqueza y la pobreza en dos puntos separados en el tiempo, lo que permite abordar cambios ocurridos en el país en esta temática.

Variables

Las variables provienen de dos preguntas donde se listan una serie de posibles razones para la existencia de la pobreza y la riqueza. Para el caso de las causas de la pobreza (Tabla 1) se preguntó: “En Chile hay personas que son pobres. ¿Cuáles de las alternativas de esta lista cree usted que son las dos causas más frecuentes de que estas personas sean pobres?”. Luego se les pidió a los encuestados que seleccionaran dos de las diez opciones disponibles (sin considerar la categoría “otros”). Sus respuestas son almacenadas en dos variables distintas: una para la primera mención y otra para la segunda.

Tabla 1

Causas de la pobreza para ambos años.

Respuesta Descriptivos

1996 2015

1era 2da 1era 2da

La mala suerte 1,7% 1,9% 2,3% 0%
La flojera y falta de iniciativa 18,4% 11,3% 40% 0,6%
La falta de educación 24,6% 18,8% 32,5% 13,6%
La falta de ayuda económica del gobierno 3,5% 8,6% 6,4% 4,4%
Los vicios y el alcoholismo 9,5% 16,4% 5,3% 22,1%
Las malas políticas económicas del gobierno 3,4% 6,5% 6,7% 10,7%
La falta de generosidad de los que tienen más 3,2% 4,4% 1,2% 4,4%
Las pocas oportunidades de empleo 23,5% 20,6% 4,2% 24,7%
Porque los padres también eran pobres 4,4% 4,3% 0,3% 4,6%
Los abusos o injusticias del sistema económico 7,6% 6,9% 0,3% 14,1%
Otros/No sabe/No contesta 0,2% 0,9% 0,6% 0,8%
N 1.505 1.499

Fuente: CEP 1996 (junio/julio)–2015 (noviembre). Datos ponderados.

Luego, para causas de la riqueza (Tabla 2), la pregunta realizada fue: “También en Chile hay personas que tienen éxito económico, es decir, ganan dinero suficiente para llevar una vida acomodada. ¿Cuál de las alternativas de esta lista cree usted que son las dos más importantes en el éxito económico de las personas?” Se les pidió nuevamente a los encuestados que seleccionen dos de las once opciones disponibles. Cabe señalar que las categorías de respuesta no son idénticas respecto a la pregunta de las causas de la pobreza y apuntan a razones distintas.

Tabla 2

Causas de la riqueza para ambos años.

Respuesta Descriptivos

1996 2015

1era 2da 1era 2da

Iniciativa personal 12,3% 13,9% 34,1% 0%
La suerte 3,8% 3,5% 4,6% 0,2%
La fe en dios 6,9% 7,8% 4,6% 1,1%
Trabajo responsable 16,3% 18,3% 23,4% 18,9%
Contactos o pitutos 6,4% 9,8% 17,4% 7,3%
Nivel educacional alcanzado 20,8% 16,3% 11,2% 31,1%
La situación económica de los padres 9,1% 10,1% 2,6% 13,0%
La ayuda económica del Estado 1,8% 2,3% 0,7% 4,2%
Las políticas económicas del gobierno 2,2% 3,0% 0,4% 5,1%
Tener una familia unida que apoya 12,2% 8,4% 0,4% 10,2%
Haciendo dinero a la mala 7,5% 5,3% 0% 8,2%
Otros/No sabe/No contesta 0,7% 1,3% 0,7% 0,7%
N 1.505 1.499

Fuente: CEP 1996 (junio/julio)–2015 (noviembre). Datos ponderados.

El segundo set de variables corresponde a variables independientes y sociodemográficas, tal como se resumen en la Tabla 3. Para ello se consideran variables de edad, sexo, nivel educacional medido en años de escolarización, ingreso familiar per cápita, medido en ingreso familiar dividido por la cantidad de personas del hogar, y orientación política, medido en una escala de uno a diez que representa el espectro político desde izquierda a derecha. Escolaridad por su parte fue recodificada para representar el término efectivo de los distintos niveles educacionales; “Básica”, “Media” y “Superior”. Esta variable se encuentra operacionalizada de manera distinta en las dos encuestas, ya que en 1996 se preguntan años de escolaridad y en 2015 nivel educacional propiamente dicho. Por lo tanto, primero se adaptó la variable de 1996 a tres niveles: básica completa (ocho años de escolaridad o menos), media completa (doce años o menos) y educación superior completa o incompleta (trece o más). Luego, se recodificaron las respuestas de la ola 2015 para hacerlas equivalentes.

Tabla 3

Variables independientes.

Variable 1996 2015

Edad M = 40,9 M = 44,4
SD = 18,77 SD = 19,01
Sexo (mujer) 52% 51%
Educación
    Básica 42% 26%
    Media 35% 40%
    Universitaria 23% 34%
Ingreso M = 67.115 M = 209.419
SD = 137.991 SD = 351.123
Orientación política
    Derecha 26% 10%
    Centro 16% 7%
    Izquierda 23% 12%
    Ninguna 35% 71%
    N 1.505 1.499

Fuente: CEP 1996 (junio/julio)–2015 (noviembre). Datos ponderados.

Método

La metodología utilizada comprende en primer lugar un análisis descriptivo de los cambios de las atribuciones en el tiempo, a lo cual sigue la elaboración de un modelo de clases latentes para las distintas combinaciones de atribuciones de pobreza y riqueza. Finalmente se analizan las variables asociadas a la pertenencia a las distintas clases.

Un elemento central en la propuesta metodológica lo constituye el análisis de clases latentes. El LCA consiste en un modelo de estimación de una variable latente categórica que predice la pertenencia a diferentes tipos de patrones de respuesta, condicional a la respuesta de cada uno de los ítems (Collins y Lanza 2010). Esta metodología es adecuada al tipo de pregunta realizada, porque para cada sujeto se tienen cuatro respuestas distintas (dos opciones para pobreza, dos para riqueza), donde a su vez cada una puede representar aproximadamente diez opciones distintas para la primera razón, y nueve para la segunda (10 × 9 × 10 × 9 = 8.100 tipos teóricos de respuestas posibles).

Ahora bien, dado que la muestra es de aproximadamente 1.500 casos para cada ola, la frecuencia de cada patrón será muy baja y dificulta establecer algún tipo de análisis conjunto para todas las opciones de riqueza y pobreza que tenga sentido. Para reducir esta complejidad, en primer lugar, se clasifican las opciones de respuesta como atribuciones internas o externas, donde interna es uno y externa es cero. Esto se realiza para cada una de las cuatro preguntas (pobreza primera y segunda opción, riqueza primera y segunda opción), generando entonces 2 × 2 × 2 × 2 = 16 patrones de respuesta teóricos. Esta información es la base para el análisis de clases latentes, donde se intentan extraer los patrones principales de respuesta (clases), y distinguirlos de otros patrones que constituirían residuos de la estimación (error). Con ello, el objetivo final es estimar tipos de patrones de respuesta para atribuciones de tipo interno y externo tanto para riqueza como para pobreza.

Para el análisis de clases latentes, se utilizó la librería “poLCA” de R, versión 1.4.1.

Resultados

Trayectoria de las atribuciones a nivel descriptivo

Al utilizar los datos producidos por la Encuesta de Estudios Públicos en los años 1996 y 2015, se constata en primer lugar un desplazamiento de respuestas desde atribuciones de carácter más estructural a otras de atribuciones más internas. En el caso de las preguntas sobre atribuciones de pobreza (Gráfico 1), la razón que cambia de manera más drástica es “la flojera y la falta de iniciativa”, que en primera mención sube un 22 por ciento. En segundo lugar aumenta “la falta de educación” en un 8 por ciento. En forma inversa, la atribución que más desciende es “las pocas oportunidades de empleo” de un 23 por ciento a un 4 por ciento. Observado desde la primera mención, se impondría una representación creciente de la pobreza asociada a la falta de esfuerzo y la falta de educación.

Gráfico 1 

Frecuencia de atribuciones de pobreza, por orden de mención, según año.

Fuente: CEP 1996 (junio/julio)–2015 (noviembre).

No obstante, en segunda mención, la variable que más predomina es “las pocas oportunidades de empleo”. Este resultado va en línea con los postulados de las investigaciones sobre las creencias de la desigualdad que dice que hay ideologías predominantes —en este caso la causa interna asociada al esfuerzo— e ideologías desafiantes —en este caso la falta de oportunidades de empleo como razón de la pobreza (Kluegel et al. 1995). Aunque también se ha sostenido que estas diferentes evaluaciones responden a juicios normativos que no necesariamente emergen conflictivamente en la discusión social (Frei 2016). Así, mientras la distinción esforzados y no esforzados se utiliza para reforzar que la salida de la marginalidad se debe al sacrificio personal y no a la ayuda de terceros (el Estado, u otros), la precariedad del empleo puede apuntar a evaluar la experiencia de alta rotación e inseguridad laboral (más amplia, de hecho, que el propio fenómeno de la pobreza).

Visto desde el conjunto —la suma de las dos menciones— la variable que más predomina en las atribuciones de pobreza es la falta de educación. Esto hace sentido dentro de un contexto social en el cual tanto la matricula educativa ha aumentado considerablemente y las credenciales educativas han tomado peso como una de razones que justifican diferencias de salarios legítimas y justas (Mac-Clure, Barozet y Moya 2015). Se ha hecho notar además que buena parte de los trabajadores que obtienen bajos salarios en el mercado chileno ven en su baja educación la razón de las diferencias salariales (PNUD 2017).

Las respuestas sobre las atribuciones de riqueza siguen una trayectoria similar (Gráfico 2). En primera mención, aumenta en 22 por ciento la opción “iniciativa personal” y un 7 por ciento el “trabajo responsable”. Esto va en línea directa con una visión donde el fruto del éxito depende de uno mismo; una meritocracia incrustada en un mercado liberalizado, o una visión neoliberal del orden social (Mac-Clure et al. 2015; Guzmán, Barozet y Méndez 2017).

Gráfico 2 

Frecuencia de atribuciones de riqueza, por orden de mención, según año.

Fuente: CEP 1996 (junio/julio)–2015 (noviembre).

No obstante, en las atribuciones de riqueza aumentan fuertemente el peso de las redes —contactos o “pitutos”.1 En primera opción, aumenta esta alternativa en un 11 por ciento. Si bien tradicionalmente en la sociedad chilena se consideró a la clase media como aquella que más utilizaba sus contactos o pitutos para ascender (Barozet 2006), actualmente estas prácticas se consideran ya sea como una forma habitual de todos los grupos para ingresar al mercado laboral (Araujo y Martuccelli 2012), ya sea como una estrategia especialmente de los grupos más altos para consolidar sus privilegios. Siguiendo esta segunda imagen (consolidación de los privilegios), el aumento en la atribución de la riqueza de los pitutos y contactos refleja la imagen de una clase alta como undeserving rich (McCall 2013).

Es interesante notar que también baja la atribución de “mal manejo”, “dinero deshonesto” en el origen de la riqueza. Esto respalda el hecho de que los juicios críticos a la élite —luego incluso de los casos de colusión y corrupción que han afectado a la clase política chilena— afectan más a la élite política que a la económica (PNUD 2017; esto sigue incluso una tendencia anterior, ver Garretón y Cumsille 2002).

En síntesis, para este primer nivel de carácter más descriptivo, lo que se observa es que la iniciativa personal, el trabajo responsable y la educación alcanzada son las atribuciones principales en el caso de la riqueza. Esto sin duda consolida la legitimación de las diferencias salariales, estableciendo el piso normativo para que en Chile —en comparación a otros países— exista una mayor tolerancia a las brechas de ingresos (Castillo 2011). Ahora queda por ver a través del análisis de clases latentes qué sucede cuando se toman ambas atribuciones juntas, y cómo cambian en conjunto las representaciones en la población.

Clases latentes de atribuciones de riqueza y pobreza

El primer paso para realizar la estimación con análisis de clases latentes (LCA) consistió en una preclasificación de las respuestas sobre las razones de la existencia de la pobreza y riqueza. En ambos listados se pueden distinguir algunas relacionadas con elementos más bien internos y otros de carácter externo. Así, para el caso de la pobreza, fueron clasificadas como “internas” las opciones con contenidos de flojera, vicios y falta de educación,2 mientras que como “externas” se catalogaron mala suerte, falta de ayuda del gobierno, malas políticas del gobierno, falta de generosidad de otros, pocas oportunidades de empleo, padres pobres, abusos del sistema económico. En el caso de razones para la riqueza, las internas corresponden a iniciativa personal, trabajo responsable y nivel educacional alcanzado, mientras las externas son la suerte, fe en Dios, contactos o pitutos, la situación económica de los padres, la ayuda económica del Estado, las políticas económicas del gobierno, tener una familia unida que apoya, y haciendo dinero a la mala. Con esta clasificación entonces llegamos a la siguiente distribución simplificada de atribuciones de riqueza y pobreza (Gráfico 3).

Gráfico 3 

Distribución simplificada de las atribuciones internas.

Fuente: CEP 1996 (junio/julio)–2015 (noviembre). Datos ponderados.

En base a la preclasificación de alternativas es posible tomar distintos caminos de análisis. El referente más actual al respecto es lo realizado por Bucca (2016) quien luego de una preclasificación similar a la presentada anteriormente genera tres tipologías de respuesta: “individualistas” (interna), si las respuestas en ambas menciones son internas; “estructuralistas” (externa), si ambas son externas; “mixtas”, si una de ellas es interna y la otra externa. Con esto llega a tres tipos de atribución de pobreza, y tres tipos de atribución de riqueza.

La alternativa a implementar en nuestra investigación es distinta, sin reclasificar patrones de respuesta, y estimando patrones conjuntos para riqueza y pobreza. Respecto de la reclasificación, nos parece que puede ser especialmente problemática en el caso de los tipos mixtos: ¿es lo mismo alguien que menciona una razón interna al principio que como segunda opción? La propuesta de Bucca (2016) supone que sí, pero a nosotros nos parece que esto debe ser abierto a escrutinio empírico. En cuanto a la segunda innovación, nos distanciamos de la propuesta de Bucca donde se generan finalmente seis tipos de atribución, tres para pobreza y tres para riqueza, los que son luego analizados por separado. Esto deja como un punto ciego la posible relación entre atribuciones de riqueza y pobreza, que se entenderían como fenómenos independientes. Por el contrario, nuestro análisis busca establecer en qué medida las atribuciones de riqueza y pobreza se encuentran relacionadas, lo que implementamos mediante la estimación de un modelo común de clases latentes para ambos objetos de atribución.

Las principales preguntas por responder con el análisis de clases latentes son dos: ¿cuántas clases existen?, y ¿qué tamaño tienen estas clases? En relación a la primera pregunta, tenemos que considerar los patrones de respuesta posibles. En nuestra operacionalización tenemos dos respuestas (interna/externa) para cuatro indicadores (primera y segunda mención tanto para pobreza como para riqueza), generando dieciséis patrones de respuesta teóricos. Ya que la idea de los análisis es poder reducir la complejidad y distinguir lo sustantivo de lo accesorio, trabajar con el número total de patrones sin duda es una aproximación poco parsimoniosa. El procedimiento de estimación LCA permite estimar el menor número de patrones (clases) de respuesta generando la menor cantidad de residuos posibles, y también nos entrega información del tamaño de las clases, lo cual responde la segunda pregunta planteada inicialmente.

El análisis LCA se basa en la estimación de dos parámetros principales: la probabilidad condicional de pertenencia a la clase y el tamaño de las clases. Las probabilidades condicionales varían entre 0 y 1, siendo 1 una alta probabilidad y 0 una baja. En nuestro caso, las atribuciones internas son codificadas como 1 y su contraparte externa como 0, ya que si por ejemplo se elige una atribución interna en la primera opción se descarta la posibilidad de elegir una externa. En cuanto al tamaño de las clases, se expresa como un porcentaje de cada clase cuyo total al sumar todas las clases es cien, implicando que todos los sujetos pertenecen a una clase.

Para poder determinar el número y tamaño de clases, el procedimiento sugerido es ir estimando modelos que aumentan secuencialmente el número de clases, y luego elegir el modelo más apropiado en base a los indicadores de ajuste como el BIC (Bayesian information criterion) y AIC (Akaike information criterion), ambos basados en el logaritmo verosimilitud del modelo. En este caso, estimamos modelos de dos, tres y cuatro clases, cuyos resultados de ajuste no son totalmente concluyentes, dado que el BIC apoya la solución con dos clases, mientras el AIC la de tres clases. Tomando en consideración los resultados de los parámetros de ambos modelos finalmente se opta por trabajar con la solución de tres clases (Gráfico 4), ya que permite abrir la gama de posibles patrones de atribución en lugar de concentrarse en dos polos.

Gráfico 4 

Tres clases latentes de atribuciones de pobreza y riqueza.

En el gráfico anterior se representan las probabilidades condicionales en el eje “y”, y en el eje “x” los indicadores de las atribuciones. En el caso de la clase uno observamos que la probabilidad de responder una atribución de pobreza interna en la primera mención es de poco más de 0.8, en la segunda de 1.0, mientras para la riqueza son 0.76 y 0.74 respectivamente. Por lo tanto, observamos que esta primera clase se caracteriza por una alta probabilidad de dar razones internas para la existencia tanto de la pobreza como de la riqueza, si bien esto disminuye algo para el caso de la riqueza. Consistente con lo anterior, a esta clase la hemos denominado “interna”, cuyo tamaño corresponde al 18 por ciento de los casos.

La segunda clase, que llamamos “ambivalente” (37 por ciento de los casos), se caracteriza por respuestas de tipo interno en la primera mención tanto para riqueza como para pobreza, y externo para la segunda opción también para ambos objetos de atribución. Nuevamente, esto aparece más extremo para el caso de la pobreza que de la riqueza. Y finalmente observamos una tercera clase que denominamos “externa”, donde se expresa una menor atribución interna para las cuatro opciones. Esta última clase representa el 44 por ciento de las respuestas.

Ahora bien, ¿existen cambios en la composición de las clases de atribución en el tiempo? Como observamos en el Gráfico 5 hay un movimiento relevante en el tamaño de las clases entre los años 1996 y 2015, siendo lo más notorio el crecimiento de la clase “ambivalente” y la disminución de la clase “externa”. Al mismo tiempo, hay un leve aumento de la clase que atribuye la pobreza a causas internas en el año 2015.

Gráfico 5 

Porcentaje de las tres clases latentes encontradas.

El modelo de clases latentes confirma lo que el análisis descriptivo señalaba en un primer momento: las razones estructurales han disminuido su relevancia explicativa —exclusiva— a la hora de representarse las razones de la pobreza y riqueza. Pero a través de este análisis se revela con fuerza el hecho de que no es simplemente el aumento de las atribuciones internas lo que crece mayormente, sino una composición heterogénea de razones donde se combina lo interno y externo. Sin duda, las atribuciones internas aumentan especialmente en el caso de las atribuciones de pobreza, pero no parece empíricamente ser la única tendencia relevante, sino que la combinación de factores parece ser el fenómeno central.

Modelos de regresión

Si bien el foco principal de este artículo es analizar las tendencias de atribuciones de pobreza y riqueza en un horizonte de tiempo de dos décadas en Chile, también resulta interesante explorar el vínculo de las clases de atribución con una serie de variables. Las posibilidades de implementación de este análisis son múltiples, y a continuación se presenta una opción que nos parece adecuada principalmente en miras a abrir agendas de investigación futura. La estimación de los modelos considera a las clases como una variable ordinal, es decir, que aumenta la presencia de un atributo a medida que aumenta su valor, si bien no necesariamente la distancia entre sus valores es la misma.

En este caso, se asume que el atributo a la base es el estilo de atribución, con un mayor valor para interna, menor para externa, y con valor intermedio para la clase ambivalente. Esta forma de operacionalizar la variable dependiente posee una serie de limitaciones ya que asume un orden continuo del atributo de atribuciones, pasando de interna a externa por la supuesta categoría intermedia de ambivalente, pero las compensa en términos de parsimonia ya que se estima un solo modelo logístico ordinal para cada set de variables, análogo a la estimación con mínimos cuadrados ordinarios (OLS, según sus siglas en inglés), y más simple en la interpretación que modelos logísticos multinomiales.

Los modelos de la Tabla 4 se presentan agregando predictores secuencialmente, comenzando con edad y sexo en el modelo 1, se agrega educación en el 2 e ingreso en el 3, luego orientación política en el 4 y finalmente el año en el 5. Tal como se puede apreciar, los efectos de las variables permanecen relativamente estables al ir ingresando las otras, excepto con el modelo 5 que ajusta los predictores por año (como ya se observó anteriormente, en el año 2015 se observan mayores atribuciones internas en comparación con 1996).

Tabla 4

Modelos logísticos ordinales de clases de atribuciones de pobreza y riqueza.

(1) (2) (3) (4) (5)

Edad 0.009** 0.014** 0.012** 0.012** 0.008**
(0.002)     (0.002)     (0.002)     (0.002)     (0.002)    
Mujer 0.044     0.052     0.038     0.02     0.001    
(0.071)     (0.070)     (0.073)     (0.073)     (0.074)    
Escolaridad                        
    Media 0.394** 0.304** 0.306** 0.167    
(0.088)     (0.091)     (0.092)     (0.089)    
    Superior 0.604** 0.477** 0.501** 0.297**
(0.096)     (0.109)     (0.109)     (0.102)    
Quintiles
    II 0.361** 0.356** 0.416**
(0.133)     (0.133)     (0.089)    
    III 0.444** 0.435** 0.491**
(0.131)     (0.131)     (0.084)    
    IV 0.268*   0.269*   0.341**
(0.136)     (0.136)     (0.082)    
    V 0.334*   0.353*   0.460**
(0.144)     (0.144)     (0.081)    
    Quintil_Miss 0.664** 0.600** 0.399**
(0.125)     (0.126)     (0.071)    
Orientación política    
    Centro –0.017     0.036    
(0.136)     (0.072)    
    Derecha –0.13     –0.057    
(0.119)     (0.074)    
    Ninguna 0.258** 0.058    
(0.099)     (0.06)    
Año                    0.044**
                    (0.0001)    
Interceptos
Externa|Ambiv. –0.078     0.442** 0.663** 0.740** 89.405**
(0.102)     (0.134)     (0.149)     (0.167)     (0.007)    
Ambiv.|Interna 1.96** 2.518** 2.756** 2.843** 91.569**
(0.110)     (0.143)     (0.158)     (0.176)     (0.054)    
Observaciones 2,869     2,817     2,817     2,817     2,817    

Nota: Coeficientes logit, error estándar entre paréntesis.

* p < 0.05. ** p < 0.01.

De este modelo hay tres aspectos interesantes que rescatar: (1) la orientación política no produce diferencia en las atribuciones; (2) los grupos de ingresos más bajos y de mayor edad son aquellos donde hay una mayor probabilidad de observar atribuciones internas (específicamente, pertenecer a los quintiles de ingreso del dos al cinco se diferencia significativamente del quintil uno). En términos de efectos, al exponenciar los coeficientes y obtener las razones de productos cruzados (odds ratios) tenemos por ejemplo que pertenecer al quintil cinco en referencia a pertenecer al quintil uno aumenta en 1.58 veces los odds de pertenecer a la clase interna o ambivalente versus la externa, ceteris paribus; y por último 3) no obstante, a mayor educación, principalmente al llegar al nivel universitario, también hay una mayor probabilidad de atribuciones internas. El pertenecer al nivel universitario teniendo como referencia la educación básica aumenta en 1.35 veces los odds de pertenecer a la clase interna o ambivalente versus la externa, ceteris paribus. Es decir, según la medida de estratificación de estatus socio-económico (ingresos o educación) se observa que el aumento de atribuciones internas acontece en los grupos de menores recursos socioeconómicos (donde la imagen del esfuerzo y el sacrificio personal resulta central en su autocomprensión del mundo; ver Arteaga y Pérez 2011); así como en las capas profesionales, que efectivamente han aumentado en Chile durante los últimos años, y pudiesen también entender su esfuerzo puesto en los estudios como una atribución interna.

Al comparar los modelos separados por año observamos en la Tabla 5 que gran parte de las asociaciones significativas se producen solamente el año 1996. Estas diferencias pueden relacionarse con que existe un mayor consenso entre los distintos grupos de educación e ingreso en relación con las atribuciones para el año 2015, dado que como mostró el modelo anterior tanto grupos bajos y con educación alta tienen una probabilidad mayor de atribución interna, y el resto del conjunto social —como se mostró a partir del modelo de Clases Latentes— tiende a una mayor atribución ambivalente.

Tabla 5

Modelos logísticos ordinales de clases de atribuciones de pobreza y riqueza separados por año.

1996 2015

Edad 0.009** 0.006    
(0.003)     (0.003)    
Mujer –0.008     –0.004    
(0.103)     (0.109)    
Escolaridad         
    Media 0.252     –0.031    
(0.129)     (0.140)    
    Superior 0.436** 0.050    
(0.162)     (0.162)    
Quintiles
    II 0.377*   0.529*  
(0.178)     (0.216)    
    III 0.632** 0.266    
(0.176)     (0.210)    
    IV 0.457*   0.155    
(0.184)     (0.217)    
    V 0.742** –0.092    
(0.198)     (0.227)    
    Quintil_Miss 0.557*   0.222    
(0.222)     (0.177)    
Orientación política         
    Centro 0.002     0.051    
(0.166)     (0.245)    
    Derecha –0.082     0.048    
(0.146)     (0.220)    
    Ninguna 0.075     0.009    
(0.138)     (0.159)    
Interceptos         
Externa|Ambiv. 1.075     –0.707    
(0.215)     (0.300)    
Ambiv.|Inter 2.842     1.828    
(0.226)     (0.305)    
Observaciones 1463     1354    

Nota: Coeficientes logit, error estándar entre paréntesis.

* p < 0.1. ** p < 0.05. *** p < 0.01.

Conclusiones

El análisis realizado intentó responder a las siguientes preguntas: ¿cómo han cambiado las explicaciones sobre la pobreza y la riqueza en una sociedad que ha experimentado una profunda transformación estructural? Y ¿cómo se agrupan en el tiempo las atribuciones de pobreza y riqueza en el conjunto de la población? Para la primera pregunta, un primer nivel de análisis, en el cual se toman por separado las preguntas referidas a la pobreza y a la riqueza, indica que en la sociedad chilena descendieron las atribuciones de carácter estructural y aumentaron las respuestas asociadas a atribuciones individuales (flojera o falta de iniciativa para el caso de la pobreza, iniciativa y trabajo para el caso de la riqueza). Esto muestra cómo las transformaciones estructurales de la sociedad chilena han tenido por imponer un ethos donde el esfuerzo personal se ha transformado en una clave para entender la movilidad y la salida de la pobreza.

No obstante, dentro de este primer nivel de carácter más descriptivo se observó que los individuos otorgaban en general respuestas disímiles en primera y segunda mención, es decir, mostrando una notoria ambivalencia en los resultados. Y en efecto, pasando a un segundo nivel, a través del análisis de clases latentes, efectivamente se constató que tomando en conjunto las atribuciones de pobreza y riqueza, aquello que más predominaba era el aumento de razones ambivalentes o mixtas. Los modelos de regresión luego realizados mostraron que había una mayor probabilidad en los polos sociales —sectores de ingresos bajos y personas con alto capital educacional— a privilegiar las razones internas, pero que en el grueso de la sociedad tendía a razones de carácter mixto.

En relación a las hipótesis, en primer lugar, se confirma que existen distintos patrones o clases de explicaciones para la riqueza y la pobreza, tomando en conjunto ambas explicaciones. Si bien la literatura sobre atribuciones ha mostrado regularmente que existen diferentes grupos que tienden a atribuir razones internas, externas, o fatalistas, el examen propuesto aquí va más allá, al comprobar que estas atribuciones toman la forma de patrones o clusters de respuestas.

La segunda hipótesis se confirma parcialmente. La transformación que ha vivido la sociedad chilena ha impuesto un ethos más individualista, donde el mérito, la educación y la iniciativa personal son altamente valorados, tanto para juzgar a otros como para evaluar la propia trayectoria individual. Predomina a primera vista una idea en que el estado de la pobreza se debe a la flojera o falta de iniciativa, mientras la riqueza al trabajo y al esfuerzo. Pero esta imagen es parcial, y su preponderancia solo afecta a ciertos grupos. La mayoría de la población presenta razones más complejas, donde razones externas e internas se combinan. No obstante, las atribuciones externas o estructurales por sí solas han perdido asidero en los repertorios culturales de la sociedad chilena para explicar la pobreza o la riqueza.

La hipótesis ilustrada, en la que se sugiere que el aumento de la educación provocaría que las personas tiendan a explicaciones más estructurales, es parcialmente refutada. Lo que se observa es que los grupos que concentran la mayor educación en Chile tienden a reforzar las razones más individualistas. Si la educación es pensada como una obtención de credenciales, para muchos es el esfuerzo puesto en ese camino educacional lo que explica trayectorias fallidas o exitosas. En los sectores socio-económicamente más altos, las credenciales educacionales además permiten legitimar los éxitos logrados, al mitigar el rol que tiene el origen socio-económico en el estatus final alcanzado.

Pese a esto, es interesante conectar el hecho de que haya aumentado la educación secundaria y superior en Chile tan notablemente en las últimas décadas, con el aumento de respuestas mixtas o ambivalentes. Y es que en el propio marco normativo de la meritocracia moderna habita una profunda ambivalencia. En efecto, cuando el esfuerzo puesto en la educación o en el trabajo se topa con barreras de ingresos o de ascenso, o con remuneraciones bajo lo esperado, el discurso meritocrático —donde lo más importante es la valoración del esfuerzo personal— asoma como una crítica hacia los privilegios inmerecidos y las redistribuciones injustas.

Si bien en esta investigación por primera vez se comparan patrones de atribución de riqueza y pobreza en un lapso de veinte años, hay una serie de consideraciones que se deben tomar en cuenta en la interpretación de los resultados así como en estudios futuros. En primer lugar, las baterías de indicadores presentan limitaciones en términos de comparabilidad de las atribuciones para riqueza y pobreza, ya que en ocasiones el mismo concepto se expresa de manera distinta. En este caso, se sugiere avanzar con una batería donde las razones se expresen con menos conceptos y más comparables. En segundo lugar, se requeriría tener más de dos cortes en el tiempo para ver si los cambios y trayectorias son sostenibles en distintos puntos de la trayectoria del país, y no que se deben a fluctuaciones circunstanciales al momento de la ejecución de las encuestas. En tercer lugar, el análisis de clases latentes utilizado en esta área requiere ser replicado con otros datos para verificar la robustez del modelo. Este tipo de análisis se basa en este caso en una preclasificación de las atribuciones en interna y externa que requiere mayor investigación. Además, futuras investigaciones podrían poner foco en la equivalencia del modelo para distintos años o grupos (i.e., invarianza métrica), lo que no se desarrolló en esta investigación ya que se habría desviado el foco a lo técnico en lugar de generar evidencia y discusión dirigida hacia un público más amplio de las ciencias sociales.

Junto con la necesidad de profundizar en la medición de atribuciones, otro ámbito de estudios que se abre corresponde a las consecuencias de distintos patrones de atribución, por ejemplo, en términos de orientación y participación política, confianza en instituciones públicas, preferencias redistributivas, legitimación de desigualdad económica, entre otras. Finalmente, las bases de datos utilizadas no permitieron incluir variables que han probado estar asociadas con atribuciones, como adscripción étnica y movilidad social (objetiva y subjetiva), así como tampoco una operacionalización de orientación política más allá de la simpleza del continuo izquierda-derecha. Y así también, el contenido fatalista de las atribuciones podría ser profundizado a través de otros estudios de carácter cualitativo, dada su importancia en los procesos de significación de los sectores populares en América Latina.

Notas

1Pitutos, en Chile, se considera a los contactos y redes familiares o de amistad que se usan para conseguir trabajos, favores o beneficios en instituciones públicas y privadas. 

2El fraseo de la pregunta sobre educación es algo ambiguo y por tanto su clasificación como individual o estructural no es evidente. Por ello, se exploró si la respuesta del indicador de educación se asociaba más a las respuestas de tipo interno que externo. Los resultados indicaron que la probabilidad de responder educación como segunda causa de pobreza es el doble cuando se escogía una variable interna anteriormente, lo cual generó evidencia para sustentar su clasificación como interna. 

Agradecimientos

Juan Carlos Castillo agradece el financiamiento de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID), mediante el proyecto FONDECYT N° 1160921 y el Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social COES (ANID/Fondap-15130009).

Sobre los autores

Raimundo Frei (raimundo.frei@mail.udp.cl) es doctor en sociología y profesor de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales.

Juan Carlos Castillo es doctor en sociología y profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, e investigador del Centro de Estudios para la Cohesión y el Conflicto Social (COES).

Rodrigo Herrera es economista y Jefe del Programa de Reducción de la Pobreza y Desarrollo Inclusivo del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en Chile.

José Ignacio Suárez es sociólogo y consultor de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

Referencias

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